Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

miércoles, 18 de enero de 2017

Juicio, arrepentimiento y misericordia


“ El salmo 116 dice: «El Señor es benigno y justo; nuestro Dios es misericordioso» (Sal 116, 5). A primera vista, juicio y misericordia parecen dos realidades inconciliables; o, al menos, parece que la segunda sólo se integra con la primera si ésta atenúa su fuerza inexorable. En cambio, es preciso comprender la lógica de la sagrada Escritura, que las vincula; más aún, las presenta de modo que una no puede existir sin la otra.

El sentido de la justicia divina es captado progresivamente en el Antiguo Testamento a partir de la situación de la persona que obra bien y se siente injustamente amenazada. Es en Dios donde encuentra refugio y protección. Esta experiencia la expresan en varias ocasiones los salmos que, por ejemplo afirman: «Yo sé que el Señor hace justicia al afligido y defiende el derecho del pobre. Los justos alabarán tu nombre; los honrados habitarán en tu presencia» (Sal 140, 13-14).

En la sagrada Escritura la intervención en favor de los oprimidos es concebida sobre todo como justicia, o sea, fidelidad de Dios a las promesas salvíficas hechas a Israel. Por consiguiente, la justicia de Dios deriva de la iniciativa gratuita y misericordiosa por la que él se ha vinculado a su pueblo mediante una alianza eterna. Dios es justo porque salva, cumpliendo así sus promesas, mientras que el juicio sobre el pecado y sobre los impíos no es más que otro aspecto de su misericordia. El pecador sinceramente arrepentido siempre puede confiar en esta justicia misericordiosa (cf. Sal 50, 6. 16).”

sábado, 14 de enero de 2017

Polonia 1979 Después del viaje del Juan Pablo II ya nada sería igual…


La visita del Papa a Polonia en junio de 1979 era esperada con una creciente mezcla de ansiedad y cierto recelo. Ningún polaco, católico o comunista, podía ocultar el orgullo ante el hecho que uno de sus compatriotas alcanzara el trono de San Pedro.  Después de décadas de humillaciones nacionales, este sentido de orgullo derribaba cualquier creencia, a tal punto que impedía  al ideólogo más empedernido dejar de aceptar al huésped más subversivo en la historia del partido.   Pero al mismo tiempo las autoridades del partido debían preocuparse que la ocasión no se prestase a que elementos hostiles provocasen desordenes y por lo tanto llevaran al régimen a una respuesta violenta.
De hecho, la visita del Papa se convirtió en una de las manifestaciones más exultantes jamás vivida.  Millones de polacos independientemente de edad o convicción, se lanzaron con un fervor libre de ataduras a las calles de Varsovia y Cracovia para darle la bienvenida a un verdadero líder espiritual. A aquellos que nunca han vivido cautivos bajo regímenes totalitarios les cuesta comprender  como puede darse una explosión de tanta emoción.  Pero para una nación que jamás había visto un programa televisivo sin previa censura, que nunca se les había permitido participar en demostraciones públicas y espontáneas de sus sentimientos, que había visto manipular y dominar sus opiniones genuinas, el momento de realización deslumbrante había llegado. El Papa por su parte fue la discreción encarnada. No pronunció palabra alguna de  crítica encubierta o reproche. Solo hablo de amor, perdón, fe y hermandad.  Pero su sola presencia fue electrizante.  En un segundo les enseño a sus compatriotas la diferencia entre la autoridad genuina,  que podían sentir en sus corazones, y los falsos reclamos del partido gobernante  que les había sido impuesto. Estas cosas ocurren.  Primero debido a la duración de la visita, más de treinta millones de hombres, mujeres y niños se maravillaban ante las misas papales y el progreso deslumbraba sus hogares.  Por otra parte, la Iglesia se ocupo de organizar auxiliares que mantuvieran a la muchedumbre bajo control,  opacando así al mismísimo control policial y militar, cuyo rol de mantenimiento de de la ley y el orden resulto superfluo.  Además, Edward Gierek y sus camaradas  de repente eran vistos como una pandilla de inútiles.  En un repentino influjo de realidad se derrumbo su talla.  Dejaban de ser el Politburó (máximo órgano ejecutivo del partido)  todopoderoso polacopra ser vistos como meros títeres pretensiosos de un poder extranjero; sin embargo trataban de mantener el mejor rostro posible. Todo el mundo era consciente de esto.
Después que el Papa partió, el régimen trato por todos los medios de restaurar el status quo ante.  La enorme cruz, que había sido erigida y permaneció durante una semana en la Plaza de la Victoria de Varsovia, fue desmantelada. Los pabellones, que albergaban las masas papales fueron quitados.  Los programas televisivos volvieron a ignorar la religión.     Los presentadores pretendían que todo había vuelto a la normalidad, o sea a lo anormal. En realidad, el clima del país había cambiado radicalmente. Ya nada volvería a ser como había sido.


Norman Davies: God´s playground, a History of Poland, Columbia University Press. 

viernes, 13 de enero de 2017

Stanislaw Dziwisz: Juan Pablo II Un legado polifónico de fe, esperanza y amor



“Una faceta de la fe de Karol Wojtyla fue la oración.  Yo fui testigo de sus oraciones diarias, no solo en la capilla o durante celebraciones públicas, sino también en medio de su trabajo, encuentros, viajes y temas que se sucedían a diario.   Conociendo su fe tan viva en la providencia de Dios, su fe que el destino del mundo y del hombre están en las manos de Dios, no me sorprendieron sus palabras el día del inicio de su pontificado a todas las gentes, a todas las culturas y a todos los sistemas económicos y políticos que abrieran las puertas a Cristo de par en par. Después de todo Cristo no amenaza a nadie. No le quita nada al hombre, más bien le da todo. Juan Pablo II nos legó esta verdad.
Juan Pablo II comenzó su pontificado en tiempos difíciles para el mundo. El personalmente había vivido lo que fueron dos sistemas  totalitarios e inhumanos sin Dios: el nazismo y el comunismo que dejaron heridas muy profundas en las vidas de la gente del siglo XX causando inconmensurables sufrimientos.
El Santo Padre no poseía ejercito.  Enfrentó desafíos que podrían haber originado miedo e impotencia. Y sin embargo sus armas fueron la verdad y la plena fe que Dios apoya a sus hijos, creados a su imagen y semejanza.  La elección  de Juan Pablo II creó grandes expectativas en su patria. Los países de Europa Central y del Este hallaron en él un vocero para sus aspiraciones, sus esperanzas de vivir en libertad y verdad.  No caben dudas que el Papa que llego a Roma de “un país lejano” Polonia, contribuyó enormemente para el colapso del sistema comunista.
El nos enseña que vale la pena confiarse plenamente en Dios, que vale la pena tener esperanza en El, que vale la pena construir nuestro mundo sobre valores eternos, inscriptos en la ley natural y los Evangelios.
Juan Pablo II adhirió a la lógica de los Evangelios. Una lógica de amor y misericordia.  En respuesta a las agrandes provocaciones y desafíos del mundo moderno con una cultura hedonística,  deseos materialistas de posesiones y una falsa comprensión de libertad separada de sus lazos con la verdad y las normas morales, el Santo Padre hizo un llamado a construir una civilización de amor.
El fue un férreo defensor del amor marital autentico, abierto a la vida, fundamento de toda familia. Mientras fue Obispo de Cracovia publicó un libro con el llamativo titulo de “Amor y Responsabilidad”. Su exhortación apostólica Familiaris Consortio es un importante documento referente a la toma de conciencia moderna con respecto al matrimonio y la familia.  Similarmente su Encíclica Evangelium Vitae que se refiere al matrimonio y a la familia es una Carta Magna de las enseñanzas de la Iglesia sobre la dignidad y la santidad del amor humano.  Juan Pablo II defendió la vida y reclamó el derecho de vida para el no nacido, aquellos más vulnerables y que no pueden elegir.
Es casi imposible describir en breve el legado de Juan Pablo II, una “polifonía” compuesta por muchas voces, temas, aspectos, logros, testimonios, eventos, gestos, textos, documentos, lugares e imágenes relacionadas con su pontificado.
Juan Pablo II también fue un místico. Inmerso en Dios. Delante de Dios lo contemplaba y Dios le ayudo a servir a la Iglesia y al mundo. En el santo padre oración y servicio estaban entrelazados y convertidos en uno. A través de su santidad nos invito a todos a acercarnos al ideal de santidad y nuestro llamado a la santidad. Este es su legado.

jueves, 5 de enero de 2017

«Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti» (Is 60, 1).


“En este día, solemnidad de la Epifanía, resuenan así las palabras del profeta. El antiguo y sugestivo oráculo de Isaías anuncia de algún modo la luz que, en la noche de Navidad, brilló sobre la cueva de Belén, anticipando el canto de los ángeles: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que Dios ama» (Lc 2, 14). El profeta, señalando la luz, en cierto sentido señala a Cristo. Como sucedió a los pastores que buscaban al Mesías recién nacido, hoy esta luz resplandece en el camino de los Magos llegados de Oriente para adorar al Rey de los judíos recién nacido.

Los Magos representan a los pueblos de toda la tierra que, a la luz de la Navidad del Señor, avanzan por el camino que lleva a Jesús y constituyen, en cierto sentido, los primeros destinatarios de la salvación inaugurada por el nacimiento del Salvador y llevada a plenitud en el misterio pascual de su muerte y resurrección.

Al llegar a Belén, los Magos adoran al divino Niño y le ofrecen dones simbólicos, convirtiéndose en precursores de los pueblos y de las naciones que, a lo largo de los siglos, no cesan de buscar y encontrar a Cristo.”


viernes, 30 de diciembre de 2016

Todos podemos ser artesanos de la paz




«Todos deseamos la paz; muchas personas la construyen cada día con pequeños gestos; muchos sufren y soportan pacientemente la fatiga de intentar edificarla»[24]. En el 2017, comprometámonos con nuestra oración y acción a ser personas que aparten de su corazón, de sus palabras y de sus gestos la violencia, y a construir comunidades no violentas, que cuiden de la casa común. «Nada es imposible si nos dirigimos a Dios con nuestra oración. Todos podemos ser artesanos de la paz »[25].


miércoles, 28 de diciembre de 2016

El tiempo del Evangelio, tiempo de bodas (2 de 2)

(Maurycy GottliebCristo predicando en la Sinagoga de Cafarnaúm, óleo, 1878-79. Museo Nacional de Polonia, Varsovia - Wikipedia)

“El tiempo del Evangelio abre la puerta a un profundo conocimiento de la persona de Cristo. A este propósito, podemos recordar las palabras del conmovedor reproche que hace Jesús a Felipe: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? » (Jn 14, 9). Jesús esperaba un conocimiento penetrante y lleno de amor por parte de quien, siendo apóstol, vivía en una relación muy estrecha con el Maestro y, precisamente por esta intimidad, hubiera debido comprender que en él se manifestaba el rostro del Padre. «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). El discípulo está llamado a descubrir en el rostro de Cristo, con la mirada de la fe, el rostro invisible del Padre.
El Evangelio presenta el arco de la vida terrena de Cristo como tiempo de bodas. Es un tiempo para difundir la alegría. «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar» (Mc 2, 19). Jesús usa aquí una imagen sencilla y sugestiva. Él es el esposo que inaugura la fiesta de sus bodas, bodas del amor entre Dios y la humanidad. Él es el esposo que quiere comunicar su alegría. Los amigos del esposo son invitados a compartirla, participando en el banquete.
Sin embargo, precisamente en el mismo marco nupcial, Jesús anuncia el momento en el que ya no estará presente: «Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán» (Mc 2, 20): es una clara alusión a su sacrificio. Jesús sabe que a la alegría seguirá la tristeza. Sus discípulos entonces «ayunarán», o sea, sufrirán participando en su pasión.
La venida de Cristo a la tierra, con toda la alegría que conlleva para la humanidad, está relacionada indisolublemente con el sufrimiento. La fiesta nupcial está marcada por el drama de la cruz, pero culminará en la alegría pascual.
Este drama es el fruto del inevitable enfrentamiento de Cristo con la potencia del mal: «La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Jn1,5). Los pecados de todos los hombres desempeñan un papel esencial en este drama. Pero fue particularmente doloroso para Cristo que una parte de su pueblo no lo reconociera. Dirigiéndose a la ciudad de Jerusalén, le reprocha: «No has conocido el tiempo de tu visita» (Lc 19, 44).
El tiempo de la presencia terrena de Cristo era el tiempo de la visita de Dios. Ciertamente, no faltaron quienes dieron una respuesta positiva, la respuesta de la fe. Antes de referirse al llanto de Jesús sobre la ciudad rebelde (cf. Lc 19, 41-44), san Lucas nos describe su ingreso «real», «mesiánico» en Jerusalén, cuando «toda la multitud de los discípulos, con gran alegría, se puso a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: "Bendito el rey que viene en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas"» (Lc 19, 37-38). Pero este entusiasmo no podía ocultar, a los ojos de Jesús, la amarga evidencia de ser rechazado por los jefes de su pueblo y por la multitud que ellos instigaban.
Por lo demás, antes de la entrada triunfal en Jerusalén, Jesús había anunciado su sacrificio: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45; cf. Mt 20, 28).
Así, el tiempo de la vida terrena de Cristo se caracteriza por su ofrenda redentora. Es el tiempo del misterio pascual de muerte y resurrección, de la que brota la salvación de los hombres.”

(Juan Pablo II Audiencia General 17 de diciembre de 1997)

El tiempo del Evangelio, tiempo de bodas (1 de 2)

(El Greco: La curación del ciego - Wikipedia)

“La entrada de la eternidad en el tiempo a través del misterio de la Encarnación hace que toda la vida de Cristo en la tierra sea un período excepcional. El arco de esta vida constituye un tiempo único, tiempo de la plenitud de la Revelación, en la que el Dios eterno nos habla en su Verbo encarnado a través del velo de su existencia humana.
Se trata del tiempo que permanecerá para siempre como punto de referencia normativo: el tiempo del Evangelio. Todos los cristianos lo reconocen como el tiempo en el que comienza su fe.
Es el tiempo de una vida humana que ha cambiado todas las vidas humanas. La vida de Cristo fue más bien breve; pero su intensidad y su valor son incomparables. Nos encontramos ante la mayor riqueza para la historia de la humanidad. Riqueza inagotable, porque es la riqueza de la eternidad y de la divinidad.
Particularmente afortunados fueron quienes, viviendo en el tiempo de Jesús, tuvieron la alegría de estar a su lado, verlo y escucharlo. Jesús mismo los llama bienaventurados: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron» (Lc 10, 23-24).
La fórmula «os digo» permite comprender que la afirmación va más allá de una simple constatación del hecho histórico. Jesús pronuncia una palabra de revelación, que ilumina el sentido profundo de la historia. En el pasado que lo precede Jesús no ve sólo los acontecimientos externos que preparan su venida; contempla las aspiraciones profundas de los corazones, que subyacen en esos acontecimientos y anticipan su éxito final.
Gran parte de los contemporáneos de Jesús no se dan cuenta de su privilegio. Ven y oyen al Mesías sin reconocerlo como el Salvador esperado. Se dirigen a él sin saber que están hablando con el Ungido de Dios que anunciaron los profetas.
Jesús, al decirles «lo que vosotros veis», «lo que vosotros oís», los invita a captar el misterio, yendo más allá del velo de los sentidos. En esta penetración, ayuda sobre todo a sus discípulos: «A vosotros se os ha confiado el misterio del reino de Dios» (Mc 4, 11).
En este camino de los discípulos hacia el descubrimiento del misterio se enraiza nuestra fe, fundada precisamente en su testimonio. Nosotros no tenemos el privilegio de ver y oír a Jesús como era posible en los días de su vida terrena; pero, con la fe, recibimos la gracia inconmensurable de entrar en el misterio de Cristo y de su Reino.”