Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

martes, 27 de septiembre de 2016

Karol Wojtyla: El lugar interior



Mi lugar se encuentra en ti. Tu lugar se encuentra en mí.
Pero el mismo lugar es el de todos los hombres.
No por ello me siento postergado.
Solitario y único me multiplico, sin embargo.
Es la cruz. Se levantaba aquí.
Esta multiplicación – y no disminución – es un misterio,
     Es Cruz
Contra corriente. Gracias a ella,
Los números se retiran ante el Hombre.

¿Cómo llegaste a la Cruz? ¿Cómo pudiste?

Bajamos por una escalera, hueco, túnel cavado
     En la pared.
Los que entonces bajaron por la pendiente
     Se detuvieron.
Ahora hay una losa.
Pusieron ünguentos en tu cuerpo y lo dejaron
     En el sepulcro.

Conseguiste un lugar en la tierra para tu Cuerpo.
Y el lugar externo lo cambiaste por un lugar interior
Cuando dijiste. «Tomad todos de él».

El lugar interior irradia sobre todos los lugares
De esta tierra a la que vine en peregrinación.

Siglos ha elegiste este lugar. En él
Te das a  mi,
En él me aceptas.

Karol Wojtyla, 1965


Karol Wojtyla: POESIAS, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1993

sábado, 24 de septiembre de 2016

«Mysterium fidei»


“Durante la Santa Misa, después de la transubstanciación, el sacerdote pronuncia las palabras: Mysterium fidei, ¡Misterio de la fe! Son palabras que se refieren obviamente a la Eucaristía. Sin embargo, en cierto modo, conciernen también al sacerdocio. No hay Eucaristía sin sacerdocio, como no hay sacerdocio sin Eucaristía. No sólo el sacerdocio ministerial está estrechamente vinculado a la Eucaristía; también el sacerdocio común de todos los bautizados tiene su raíz en este misterio. A las palabras del celebrante los fieles responden: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús''. Participando en el Sacrificio eucarístico los fieles se convierten en testigos de Cristo crucificado y resucitado, comprometiéndose a vivir su triple misión -sacerdotal, profética y real- de la que están investidos desde el Bautismo, como ha recordado el Concilio Vaticano II.

El sacerdote, como administrador de los ''misterios de Dios", está al servicio del sacerdocio común de los fieles. Es él quien, anunciando la Palabra y celebrando los sacramentos, especialmente la Eucaristía, hace cada vez más consciente a todo el Pueblo de Dios su participación en el sacerdocio de Cristo, y al mismo tiempo lo mueve a realizarla plenamente. Cuando, después de la transubstanciación, resuena la expresión: Mysterium fidei, todos son invitados a darse cuenta de la particular densidad existencial de este anuncio, con referencia al misterio de Cristo, de la Eucaristía y del Sacerdocio.

¿No encuentra aquí, tal vez, su motivación más profunda la misma vocación sacerdotal? Una motivación que está totalmente presente en el momento de la Ordenación, pero que espera ser interiorizada y profundizada a lo largo de toda la existencia. Sólo así el sacerdote puede descubrir en profundidad la gran riqueza que le ha sido confiada. Cincuenta años después de mi Ordenación puedo decir que el sentido del propio sacerdocio se redescubre cada día más en ese Mysterium fidei. Esta es la magnitud del don del sacerdocio y es también la medida de la respuesta que requiere tal don. ¡El don es siempre más grande! Y es hermoso que sea así. Es hermoso que un hombre nunca pueda decir que ha respondido plenamente al don. Es un don y también una tarea: ¡siempre! Tener conciencia de esto es fundamental para vivir plenamente el propio sacerdocio.”

(Juan Pablo II: Don y Misterio, Libreria Editrice Vaticana, 2011, 88-90)


viernes, 23 de septiembre de 2016

Memoria litúrgica del Santo Padre Pio


miércoles, 21 de septiembre de 2016

La paz y el espíritu de Asís

Treinta años después de aquel encuentro del Papa Juan Pablo II en Asís,  el mundo sigue necesitado, tiene “sed de paz”, como lo ha expresado el Papa Francisco en su visita a la ciudad del “poverello” de Asís, una sed que necesita imperiosamente ser saciada.  
Pero esta “sed de paz” no es nueva sino que ha estado muy presente en la Iglesia desde mediados del siglo pasado.  Ya el Papa Pio XII en su carta Encíclica Optatissima Pax  rogaba por oraciones para conseguir la paz entre las clases sociales y las naciones, después de tantos males causados por la guerra. 

El Papa Juan XXIII (el Papa del Concilio) en su última Encíclica Pacem in Terris enunciaba que “la paz entre todos los pueblos ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad” y el Papa Pablo VI emitía su Encíclica PopulorumProgressio sobre la necesidad de promover el desarrollo de los pueblos, estrechamente ligado a la paz de pueblos y naciones. 


“¿Pero qué sucedió en Asís hace poco más de treinta años? - se preguntaba Marco Impagliazzo  de la Comunidad Sant´, Egidio-  Juan Pablo II invitó a rezar por la paz a los líderes de las Iglesias cristianas y de las grandes religiones. Fue una jornada de oración de unos junto a otros, y no -como dijo el Papa- de unos contra otros. 124 representantes de las confesiones cristianas y de las grandes religiones del mundo se reunieron en la ciudad de Asís, un “lugar que la seráfica figura de san Francisco ha transformado en un centro de fraternidad universal”. Un historiador observó que esta iniciativa única se consideró un “punto de inflexión en la actitud del catolicismo contemporáneo hacia las otras religiones” y que, al mismo tiempo, supuso un momento clave para la percepción del cristianismo que tienen las religiones no cristianas. 

La oración de Asís se había forjado desde lejos: era el resultado de una época de diálogo. Un diálogo que se desarrolló durante todo el siglo XX, tan lleno de esperanzas como de grandes sufrimientos. Algo aunó a los creyentes en ese siglo tan terrible, en el que según estimaciones recientes, hubo más de 180 millones de muertos a causa de las guerras. En la segunda mitad del siglo XX, personas de distintas religiones dialogaron y se reunieron como nunca antes había sucedido en la historia. La conversación fue posible, en parte, gracias al empuje del Concilio Vaticano II, que planteó en la declaración Nostra Aetate la relación de la Iglesia Católica con el judaísmo, el Islam y las otras religiones no cristianas, con la idea de “fundamentar la unidad y la caridad entre los hombres y, aún más, entre los pueblos”, en un tiempo de creciente interdependencia. La declaración conciliar exhortaba a los cristianos “a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que en ellos existen”.  (Marco Impagliazzo) 


La llama encendida en Asís hace treinta años continuó ardiendo durante el pontificado de Benedicto XVI quien en 2011 a los 25 años de aquel encuentro de1986, en su intervención en la Basílica de Santa Maria de los Ángeles en Asís reflexionaba “¿Qué ha ocurrido desde entonces?” ¿A qué punto está hoy la causa de la paz? Y se refería al muro de Berlín como símbolo de una era, en cierta manera como un triunfo de la libertad, “apreciamos esta victoria de la libertad, que fue sobre todo también una victoria de la paz”, pero inmediatamente se refería al estado  más reciente, “pero que ha sucedido después se preguntaba”  y lamentaba que la violencia no había cesado y venia acompañada de la decadencia del hombre debido a la ausencia de Dios invitando a a su vez a “estar juntos en camino hacia la verdad, del compromiso decidido por la dignidad del hombre y de hacerse cargo en común de la causa de la paz, contra toda especie de violencia destructora del derecho.” 

Ayer el Papa Francisco en consonancia con aquel “espíritu de Asís” que sigue presente reiteró este compromiso de la Iglesia en pos de la paz y del diálogo,  bajo el lema “Sed de paz, religiones yculturas en diálogo”. En la  introducción de su participación en forma de  meditación presenta a Jesús sufriente y sediento en la cruz invitándonos a saciar esa sed de amor de Jesús mediante el servicio a los más pobres entre los pobres.
No podemos permanecer indiferentes. Hoy el mundo tiene una ardiente sed de paz.- decia el Santo Padre… Nosotros no tenemos armas. Pero creemos en la fuerza mansa y humilde de la oración….. Aquí, hace treinta años, san Juan Pablo II dijo: «La paz es una cantera abierta a todos y no solamente a los especialistas, sabios y estrategas. La paz es una responsabilidad universal» (Discurso, Plaza de la Basílica inferior de San Francisco, 27 octubre 1986: l.c., 11).

En el llamamiento que siguió al discurso el Papa Francisco se refería nuevamente a San Juan Pablo II y a su llamado de 1986 y concluía deseando que “se abra definitivamente una nueva época en que el mundo globalizado llegue a ser una familia de pueblos”.



sábado, 17 de septiembre de 2016

Vivid como hijos de la luz


“Es urgente que los cristianos descubran la novedad de su fe y su fuerza de juicio ante la cultura dominante e invadiente: «En otro tiempo fuisteis tinieblas —nos recuerda el apóstol Pablo—; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas... Mirad atentamente cómo vivís; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente, porque los días son malos» (Ef 5, 8-11. 15-16; cf. 1 Ts 5, 4-8).

Urge recuperar y presentar una vez más el verdadero rostro de la fe cristiana, que no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una verdad que se ha de hacer vida. Pero, una palabra no es acogida auténticamente si no se traduce en hechos, si no es puesta en práctica. La fe es una decisión que afecta a toda la existencia; es encuentro, diálogo, comunión de amor y de vida del creyente con Jesucristo, camino, verdad y vida (cf. Jn 14, 6). Implica un acto de confianza y abandono en Cristo, y nos ayuda a vivir como él vivió (cf. Ga 2, 20), o sea, en el mayor amor a Dios y a los hermanos.”

jueves, 15 de septiembre de 2016

Memoria de la Virgen de los Dolores


A la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que celebramos ayer, sigue hoy la memoria de la Virgen de los Dolores. Estas dos celebraciones litúrgicas nos invitan a realizar una peregrinación espiritual hasta el Calvario. Nos estimulan a unirnos a la Virgen María en la contemplación del misterio de la cruz.
La cruz es el símbolo principal del cristianismo. Dondequiera que el Evangelio ha echado raíces, la cruz indica la presencia de los cristianos. En las iglesias y en los hogares, en los hospitales, en las escuelas y en los cementerios la cruz se ha convertido en el signo por excelencia de una cultura que recibe del mensaje de Cristo verdad y libertad, confianza y esperanza.
En el proceso de secularización, que caracteriza a gran parte del mundo
contemporáneo, es muy importante que los creyentes fijen su mirada en este signo central de la Revelación y capten su significado originario y auténtico.

También hoy, siguiendo la doctrina de los antiguos Padres, la Iglesia presenta al mundo la cruz como "árbol de la vida", en el que se puede descubrir el sentido último y pleno de cada existencia y de toda la historia humana.
Desde que Jesús la convirtió en instrumento de la salvación universal, la cruz ya no es sinónimo de maldición, sino, al contrario, de bendición. Al hombre atormentado por la duda y el pecado, la cruz le revela que "Dios amó tanto al  mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16). En una palabra, la cruz es el símbolo supremo del amor.

Al pie de la cruz la Virgen María, perfectamente unida a su Hijo, pudo
compartir de modo singular la profundidad de dolor y de amor de su sacrificio.
Nadie mejor que ella puede enseñar a amar la cruz. A la Virgen de los Dolores
encomendamos a los jóvenes y a las familias, a las naciones y a la humanidad
entera. De modo especial, le pedimos por los enfermos y los que sufren, por las
víctimas inocentes de la injusticia y la violencia, y por los cristianos perseguidos
a causa de su fe. La cruz gloriosa de Cristo sea para todos prenda de esperanza,
de rescate y de paz. “


«¡Toma la cruz!»

“«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mc 8, 34). Estas palabras permiten comprender el valor y el significado de esta fiesta, en espera de la cruz.

La cruz se ha de acoger, ante todo, en el corazón, y después se ha de llevar en la vida. 

Muchos cristianos han abrazado la cruz a lo largo de los siglos: ¿podemos dejar de dar gracias a Dios por ello? …. ¡Cuán actuales resultan las palabras de Jesús: «Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32), y «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37)!
Hoy queremos proclamar con vigor el evangelio de la cruz, es decir, de Jesús muerto y resucitado para el perdón de los pecados. Este anuncio salvífico, que asegura a los creyentes la vida eterna, desde el día de Pascua no ha dejado nunca de resonar en el mundo…...
Sí, la cruz está inscrita en la vida del hombre. Querer excluirla de la propia existencia es como querer ignorar la realidad de la condición humana. ¡Es así! Hemos sido creados para la vida y, sin embargo, no podemos eliminar de nuestra historia personal el sufrimiento y la prueba… Cuando en la familia no existe la armonía, cuando aumentan las dificultades en el estudio, cuando los sentimientos no encuentran correspondencia, cuando resulta casi imposible encontrar un puesto de trabajo, cuando por razones económicas os veis obligados a sacrificar el proyecto de formar una familia, cuando debéis luchar contra la enfermedad y la soledad, y cuando corréis el riesgo de ser víctimas de un peligroso vacío de valores, ¿no es, acaso, la cruz la que os está interpelando?
Una difundida cultura de lo efímero, que asigna valores sólo a lo que parece hermoso y a lo que agrada, quisiera haceros creer que hay que apartar la cruz. Esta moda cultural promete éxito, carrera rápida y afirmación de sí a toda costa; invita a una sexualidad vivida sin responsabilidad y a una existencia carente de proyectos y de respeto a los demás. Abrid bien los ojos…. este no es el camino que lleva a la alegría y a la vida, sino la senda que conduce al pecado y a la muerte. Dice Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25).

Jesús no nos engaña. Con la verdad de sus palabras, que parecen duras pero llenan el corazón de paz, nos revela el secreto de la vida auténtica. Él, aceptando la condición y el destino del hombre venció el pecado y la muerte y, resucitando, transformó la cruz de árbol de muerte en árbol de vida. Es el Dios con nosotros, que vino para compartir toda nuestra existencia. No nos deja solos en la cruz. Jesús es el amor fiel, que no abandona y que sabe transformar las noches en albas de esperanza. Si se acepta la cruz, genera salvación y procura serenidad, como lo demuestran tantos testimonios hermosos de jóvenes creyentes. Sin Dios, la cruz nos aplasta; con Dios, nos redime y nos salva.”