Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

viernes, 31 de diciembre de 2010

Dos dimensiones del tiempo - Cristo en el centro de la historia y del cosmos


“1. Te Deum laudamus! Así canta la Iglesia su gratitud a Dios, mientras se alegra aún por la Navidad del Señor. En la sugestiva celebración de esta tarde nuestra atención se centra en el encuentro ideal del año solar con el litúrgico, dos ciclos temporales que implican dos dimensiones del tiempo.
En la primera dimensión, los días, los meses y los años se suceden según un ritmo cósmico, en el que la mente humana reconoce la huella de la Sabiduría creadora de Dios. Por eso la Iglesia exclama: Te Deum laudamus!

2. La segunda dimensión del tiempo que la celebración de esta tarde nos manifiesta es la de la historia de la salvación. En su centro y cumbre está el misterio de Cristo. Nos lo acaba de recordar el apóstol san Pablo: "Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo" (Ga 4, 4). Cristo es el centro de la historia y del cosmos; es el nuevo Sol que surgió en el mundo "de lo alto" (cf. Lc 1, 78), un Sol que lo orienta todo hacia el fin último de la historia.
En estos días, entre Navidad y fin de año, estas dos dimensiones del tiempo se entrelazan con particular elocuencia. Es como si la eternidad de Dios viniera a visitar el tiempo del hombre. De este modo, el Eterno se hace "instante" presente, para que la repetición cíclica de los días y los años no acabe en el vacío del sin sentido.

3. Te Deum laudamus! Sí, te alabamos, Padre, Señor del cielo y de la tierra. Te damos gracias porque has enviado a tu Hijo, hecho Niño pequeño, para dar plenitud al tiempo. Así te ha complacido a ti (cf. Mt 11, 25-26). En él, tu Hijo unigénito, has abierto a la humanidad el camino de la salvación eterna.
Te elevamos nuestra solemne acción de gracias por los innumerables beneficios que nos has concedido a lo largo de este año. Te alabamos y te damos gracias juntamente con María, "que dio al mundo al autor de la vida" (Antífona de la liturgia).”

jueves, 30 de diciembre de 2010

El pesebre de los barrenderos de Roma

El llamado Belén de los barrenderos de Roma, pesebre de los romanos y con particular orgullo “el pesebre de los Papas,” una “joya” de la fe popular en el barrio Aurelio, a pocos metros del Vaticano, fue visita obligada del Papa Juan Pablo II durante 24 años consecutivos. Dicen que recordaba todas las figuras y todos los detalles. Desde el primer año de su pontificado nunca faltó a la cita. Su última visita fue en el 2002. Entre otras figuras ilustres cuentan el Papa Pablo VI, el Papa Benedicto XVI y la Madre Teresa de Calcuta. El pesebre puede visitarse (entrada libre)en la sede central del departamento Central de Limpieza y recolección de residuos de la comuna de Roma, sobre Via dei Cavelleggeri, todos los días del año, en el siguiente horario:
Exposición permanente Lun-sab 9.00-19.00 y Domingos 8.00-11.30.
Entre el 15 de diciembre y el 30 de enero el horario es de 8.00 a 20.00.
El pesebre nació en 1972, por iniciativa de Giuseppe Ianni, quien sigue ocupándose y enriqueciendo el pesebre año tras año. “Mi corazón brincaba cada vez que iba a recibir la visita del Papa” dice Ianni. La originalidad del pesebre consiste en la idea de representar junto al Misterio, la comunión de todos los pueblos, utilizando piedras provenientes de todos los países del mundo, donada por fieles y visitantes. Es una verdadera obra de albañilería con 1200 piedras, de las cuales 350 provienen de todo el mundo, con ellas se reconstruye minuciosamente el estilo de las típicas viviendas de Palestina de hace 2000 años. Hay unas 95 casas – explica Ianni – construidas en piedra calcárea y dotadas de puertas y ventanas con balconcitos, 95 lámparas, 2 hogares a leña, 54 metros de caminos de adoquines, 3 rios con una extensión total de 9,5 mts 7 puentes y 7 acueductos, con una longitud de 16 metros, sostenidos por 8 arcadas.
Completan la “obra” 650 escalones (400 construidas en mármol proveniente de las columnatas de San Pedro) y 250 en piedras traídas de los santuarios de Grecia, Birmania, Belén y San Giovanni Rotondo. Integran el paisaje 5 fuentes de agua, dos paredes húmedas con formaciones de estalactitas, un manantial de agua, 24 grutas excavadas en la roca que guardan trigo, cereales, sal o harina, pero también damajuanas de vino y aceite. Y hay 200 personajes, 90 ovejas, 7 camellos, 4 burros, 4 bueyes, y 2 perros. Se estima que el pesebre es visitado anualmente por un millón de personas.

En su visita al Belèn en el 2006 el Santo Padre Benedicto recordaba las visitas de Juan Pablo II y después de una breve descripción del pesebre agregaba:
“La visita al Belén, especialmente esta tarde, en la víspera de la solemnidad de la Epifanía, es como ir en peregrinación a Belén, a la cueva santa donde nació el Redentor, y a Jerusalén, a donde llegaron los Magos desde Oriente y encontraron a Jesús, María y José. Detenerse a contemplar estas escenas evangélicas es un estímulo a meditar en el misterio central de nuestra salvación: Dios se hizo hombre por nosotros; nosotros podemos acogerlo en nuestro corazón y experimentar la alegría de su presencia santificadora. Pero no basta detenerse a contemplar; es preciso hacer algo más. Es necesario que Jesús se convierta en el centro de toda nuestra existencia. Sí, es importante que él sea el guía de nuestro camino diario y la meta última y definitiva de nuestra peregrinación terrena.”

Aunque no es costumbre que los Papas celebren bodas – y ya sabemos que a Juan Pablo II no le costaba salirse del protocolo - Ianni tuvo el privilegio que el Papa Juan Pablo II casara a su hija Vittoria el 25 de febrero de 1979 en la Capilla Paulina del Vaticano.

Invito visitar la página oficial del pesebre: que contiene la historia del pesebre y fotografías muy bonitas.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Opłatek, el pan de la reconciliación


«En mi país hay una tradición – escribe el poeta polaco Cyprian Kamil Norwid - el día de la Vigilia de Navidad, cuando se divisa en el cielo la primera estrella, las personas del núcleo familiar comparten el pan navideño y con él los cálidos augurios» … Opłatek, pan ácimo (pan sin levadura en la masa), el componente imprescindible de la Navidad en Polonia no podía faltar en el Vaticano. «Acompaño a los saludos la hostia navideña que la noche de la Vigilia comparto con todos aquellos que con su corazón y sus pensamientos se unen al Vaticano», escribía Juan Pablo II a los amigos. «La hostia navideña es el pan de reconciliación – decia el Papa – Dios viene al hombre, Dios nos dona la reconciliación. Y de aquí parte la primera respuesta del hombre. Si Dios se reconcilia con nosotros, si Cristo nace en Belén, entonces yo, hombre, debo reconciliarme con mi hermano. La Navidad consiste en acoger al hombre en toda su verdad, en su inmensa dignidad y semejanza de Dios, pero también en su herencia pecadora, en la cual Dios acoge al hombre. Esta es la Noche de Belén. Y por eso ansiamos esta Noche, recorremos todos los caminos del corazón, de la cultura y de la tradición y nuestra hostia transporta esta tradición en la dimensión de las relaciones entre los hombres”.

(de “Totus Tuus” nov-dic 2007, “La Navidad familiar del Papa Wojtyła” por Alexandra Zapotoczny
Para mas información sobre “Oplatek” invito visitar El Águila blanca

martes, 28 de diciembre de 2010

Navidad 2010 con Juan Pablo II – (9 de 9) Todos debemos buscar a Jesús

Todos debemos buscar a Jesús.
Muchas veces hay que buscarlo porque todavía no se le conoce; otras, porque lo hemos perdido; a veces se le busca para conocerle mejor, para amarlo más y hacerlo amar.
Se puede decir que toda la vida del hombre y toda la historia humana es una gran búsqueda de Jesús.
A veces puede ser obstaculizada por dificultades intelectuales o motivos existenciales al ver tanto dolor y tanto mal a nuestro alrededor y dentro de nosotros; y también por problemas morales al tener que cambiar la mentalidad y el modo de vivir.
No hay que dejarse paralizar por las dificultades, sino que como los pastores de Belén se debe partir con valentía y ponerse a buscarlo.
¡Todos los hombres deben tener el derecho y la libertad de buscar a Jesús! Todos los hombres deben ser respetados en esta búsqueda, cualquiera que sea el punto del camino en que se encuentren. Todos deben tener también la buena voluntad de no vagabundear por aquí y allá sin comprometerse a fondo, y deben dirigirse con decisión hacia Belén. Algunos han narrado la historia y el itinerario de su camino y encuentro con Jesús en libros muy interesantes que merecen la pena leer. Pero la mayoría guarda escondida en la intimidad esta aventura espiritual estupenda. Lo esencial es buscar para encontrar, recordando la frase famosa que el gran filósofo y matemático francés, Blas Pascal, hace decir a Jesús: «No me buscarías ciertamente, si no me hubieras encontrado ya» (B. Pascal, Pensées, 553: Le mystére de Jésus).”

lunes, 27 de diciembre de 2010

Navidad 2010 con Juan Pablo II – (8) La alegría de la Navidad




“Pero, ¿de dónde nace toda esta alegría tan pura, tan dulce, tan misteriosa? Nace del hecho de que Jesús ha venido a esta tierra, de que Dios mismo se ha hecho hombre y ha querido inserirse en nuestra pobre y grande historia humana. Jesús es el don más grande y precioso que ha hecho el Padre a los hombres, y por ello nuestros corazones exultan de gozo.


Bien sabemos que también durante las fiestas navideñas ha habido, y sigue habiendo, lágrimas y amarguras; quizá muchos niños las han pasado con frío, hambre, llanto y soledad... Y sin embargo, a pesar del dolor que a veces penetra en nuestra vida, Navidad es un rayo de luz para todos porque nos revela el amor de Dios y nos hace sentir la presencia de Jesús entre todos, sobre todo entre los que sufren. Precisamente por este motivo Jesús ha querido nacer en la pobreza y el abandono de una gruta, y ser colocado en un pesebre.”


domingo, 26 de diciembre de 2010

Oración de Juan Pablo II por las familias


"Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, Padre que eres amor y vida, haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta, por medio de tu Hijo, Jesucristo, 'nacido de Mujer', y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina, en verdadero santuario de la vida y del amor para las generaciones que siempre se renuevan. Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos hacia el bien de sus familias y de todas las familias del mundo. Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia un fuerte apoyo para su humanidad y su crecimiento en la verdad y en el amor. Haz que el amor corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio, se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis, por las que a veces pasan nuestras familias. Haz finalmente, te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, que la Iglesia en todas las naciones de la tierra pueda cumplir fructíferamente su misión en la familia y por medio de la familia. Tú, que eres la vida, la verdad y el amor, en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo. Amén".

Navidad 2010 con Juan Pablo II – (7) San Esteban el “protomártir”


“En el clima alegre de la Navidad, celebramos hoy la fiesta de San Esteban, uno de los primeros diáconos de la Iglesia. También se le suele llamar "protomártir", porque fue el primer discípulo de Cristo que derramó su sangre por él. Fue lapidado por falsas acusaciones, semejantes a las que dirigieron contra Jesús mismo y, como el Maestro, murió perdonando a los que lo mataban.
La Iglesia llama dies natalis al día del martirio. En efecto, la muerte del mártir es un nacimiento para el cielo, en virtud de la muerte y la resurrección de Cristo.
Precisamente por eso es tan significativo celebrar al primer mártir al día siguiente de la Navidad: el mismo Jesús que nació en Belén dio su vida por nosotros, para que también nosotros, habiendo renacido "de lo alto" por la fe y el bautismo, estemos dispuestos a sacrificar la nuestra por amor a nuestros hermanos. Hoy deseo recordar de manera especial a las comunidades cristianas perseguidas, y a todos los fieles que sufren por la fe. Que el Señor les dé la fuerza de la perseverancia y la capacidad de amar incluso a los que les hacen sufrir.
María, Madre y discípula de su Hijo Jesús, acompaña el camino de todo cristiano, desde la pila bautismal hasta la hora de la muerte. Que ella, la Reina de los mártires, nos ayude a ser también nosotros en toda ocasión "mártires", es decir, testigos del amor de Cristo, al que en estos días contemplamos Niño en el pesebre.”
(Ángelus del Papa Juan Pablo II Viernes 26 de diciembre de 2003)

sábado, 25 de diciembre de 2010

Navidad 2010 con Juan Pablo II – (6) ¿Quién es Jesús Niño?

Fra Angelico: Natividad (galeria de Wikipedia)
“¿Quién es Jesús Niño? ¿Quién es ese Niño pequeño, pobre, frágil, nacido en una gruta y colocado en un pesebre? ¡Sabemos que es el Hijo de Dios hecho hombre! «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14).
La doctrina cristiana nos enseña que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, o sea la Inteligencia infinita del Padre (el Verbo), en el seno de María Santísima y por obra del Espíritu Santo, asumió en Sí la «naturaleza humana» tomando un cuerpo y un alma como los nuestros.

Esta es nuestra certeza: sabemos que Jesús es hombre como nosotros, pero al mismo tiempo es el «Verbo encarnado», es la segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha hombre; y, por ello, en Jesús la naturaleza humana y, en consecuencia, toda la humanidad, ha sido redimida, salvada, ennoblecida hasta el punto de llegar a ser partícipe de la «vida divina» mediante la gracia.
En Jesús estamos todos: nuestra verdadera nobleza y dignidad tienen su fuente en el acontecimiento grande y sublime de Navidad.
Por ello es espontáneo y lógico el sentimiento de gratitud honda y gozosa hacia Jesús que ha nacido para cada uno de nosotros, por nuestro amor y salvación. Volved a leer y meditad cada una de las páginas del Evangelio de Mateo y Lucas; reflexionad sobre el misterio de Belén para comprender cada vez más el auténtico valor de la Navidad y no permitir que degenere en una fiesta del consumo o sólo exterior.”

viernes, 24 de diciembre de 2010

Feliz y Santa Navidad a todos!

(Fotografía del Niño Jesús del pequeño Karol Wojtyla tomada en su casa-museo en Wadowice)
Feliz y Santa Navidad a todos!

Que el misterio de la Nochebuena
brille en nuestras vidas
todos los dias del año.

Navidad 2010 con Juan Pablo II – (5) Oración para la Noche Santa de Navidad


“Te adoramos, Señor, presente realmente en el Sacramento del altar, Pan vivo que das vida al hombre. Te reconocemos como nuestro único Dios, frágil Niño que estás indefenso en el pesebre. “En la plenitud de los tiempos, te hiciste hombre entre los hombres para unir el fin con el principio, es decir, al hombre con Dios” (cf. S. Ireneo, Adv. haer., IV,20,4).

Naciste en esta Noche, divino Redentor nuestro, y, por nosotros, peregrino por los senderos del tiempo, te hiciste alimento de vida eterna.

¡Acuérdate de nosotros, Hijo eterno de Dios, que te encarnaste en el seno de la Virgen María! Te necesita la humanidad entera, marcada por tantas pruebas y dificultades.

¡Quédate con nosotros, Pan vivo bajado del Cielo para nuestra salvación! ¡Quédate con nosotros para siempre! Amén.”

Navidad 2010 con Juan Pablo II – (4) Maria y los pastores de Belén – maestros de evangelizadores


"Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado" (Lc 2, 15).

“El cántico de los ángeles: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace", que se puede traducir también por "los hombres de la benevolencia" (Lc 2, 14), revela a los pastores lo que María había expresado en su Magníficat: el nacimiento de Jesús es el signo del amor misericordioso de Dios, que se manifiesta especialmente hacia los humildes y los pobres.
4. A la invitación del ángel los pastores responden con entusiasmo y prontitud: "Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado" (Lc 2, 15).
Su búsqueda tiene éxito: "Encontraron a María y a José, y al niño" (Lc 2, 16). Como nos recuerda el Concilio, "la Madre de Dios muestra con alegría a los pastores (...) a su Hijo primogénito" (Lumen gentium, 57). Es el acontecimiento decisivo para su vida.
El deseo espontáneo de los pastores de referir "lo que les habían dicho acerca de aquel niño" (Lc 2, 17), después de la admirable experiencia del encuentro con la Madre y su Hijo, sugiere a los evangelizadores de todos los tiempos la importancia, más aún, la necesidad de una profunda relación espiritual con María, que permita conocer mejor a Jesús y convertirse en heraldos jubilosos de su Evangelio de salvación.
Frente a estos acontecimientos extraordinarios, san Lucas nos dice que María "guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lc 2, 19). Mientras los pastores pasan del miedo a la admiración y a la alabanza, la Virgen, gracias a su fe, mantiene vivo el recuerdo de los acontecimientos relativos a su Hijo y los profundiza con el método de la meditación en su corazón, o sea, en el núcleo más íntimo de su persona. De ese modo, ella sugiere a otra madre, la Iglesia, que privilegie el don y el compromiso de la contemplación y de la reflexión teológica, para poder acoger el misterio de la salvación, comprenderlo más y anunciarlo con mayor impulso a los hombres de todos los tiempos.”

jueves, 23 de diciembre de 2010

Navidad 2010 con Juan Pablo II – (3) Maria educadora del Hijo de Dios



“1. Aunque se realizó por obra del Espíritu Santo y de una Madre Virgen, la generación de Jesús, como la de todos los hombres pasó por las fases de la concepción, la gestación y el parto. Además, la maternidad de María no se limitó exclusivamente al proceso biológico de la generación, sino que, al igual que sucede en el caso de cualquier otra madre, también contribuyó de forma esencial al crecimiento y desarrollo de su hijo.
No sólo es madre la mujer que da a luz un niño, sino también la que lo cría y lo educa; más aún, podemos muy bien decir que la misión de educar es según el plan divino, una prolongación natural de la procreación.
María es Theotokos no sólo porque engendró y dio a luz al Hijo de Dios, sino también porque lo acompañó en su crecimiento humano.
[…]
La misión educativa de María, dirigida a un hijo tan singular, presenta algunas características particulares con respecto al papel que desempeñan las demás madres. Ella garantizó solamente las condiciones favorables para que se pudieran realizar los dinamismos y los valores esenciales del crecimiento, ya presentes en el hijo. Por ejemplo, el hecho de que en Jesús no hubiera pecado exigía de María una orientación siempre positiva, excluyendo intervenciones encaminadas a corregir. Además, aunque fue su madre quien introdujo a Jesús en la cultura y en las tradiciones del pueblo de Israel, será él quien revele, desde el episodio de su pérdida y encuentro en el templo, su plena conciencia de ser el Hijo de Dios, enviado a irradiar la verdad en el mundo, siguiendo exclusivamente la voluntad del Padre. De "maestra" de su Hijo, María se convirtió así en humilde discípula del divino Maestro, engendrado por ella.”

Benedicto XVI “El pesebre genuino testimonio de fe cristiana”


“La tradición de preparar el pesebre en las casas, en los lugares de trabajo, en los sitios de encuentro, ha de ser cada vez más un signo auténtico del tiempo de Navidad, mostrándose como expresión de nuestra espera y acción de gracias a Aquel que ha decidido compartir nuestra condición humana, en la pobreza y en la sencillez.

El pesebre, como genuino testimonio de fe cristiana, puede ofrecer aún hoy a los hombres de buena voluntad una sugestiva imagen del amor infinito del Padre.”

(de la Audiencia General del Santo Padre Benedicto XVI Miércoles 22 de diciembre 2020)

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Navidad 2010 con Juan Pablo II – (2) María, la Theotokos , Madre de Dios, madre de Jesús


En la Audiencia General del miércoles 27 de noviembre de 1996 el Santo Padre Juan Pablo II nos acerca con sus reflexiones a Maria, la Theotokos, Madre de Dios, madre de Jesús.

“1. La contemplación del misterio del nacimiento del Salvador ha impulsado al pueblo cristiano no sólo a dirigirse a la Virgen santísima como a la Madre de Jesús, sino también a reconocerla como Madre de Dios. Esa verdad fue profundizada y percibida, ya desde los primeros siglos de la era cristiana, como parte integrante del patrimonio de la fe de la Iglesia, hasta el punto de que fue proclamada solemnemente en el año 431 por el concilio de Éfeso.
En la primera comunidad cristiana, mientras crece entre los discípulos la conciencia de que Jesús es el Hijo de Dios, resulta cada vez más claro que María es la Theotokos, la Madre de Dios. Se trata de un título que no aparece explícitamente en los textos evangélicos, aunque en ellos se habla de la "Madre de Jesús" y se afirma que él es Dios (Jn 20, 28, cf. 5, 18; 10, 30. 33). Por lo demás, presentan a María como Madre del Emmanuel, que significa Dios con nosotros (cf. Mt 1, 22­23).”

Juan Pablo II nos relata luego testimonios y origen del uso del titulo Theotokos, "Madre de Dios, creado por los primeros cristianos. En el siglo IV, dice el Papa el término Theotokos ya se usa con frecuencia tanto en Oriente como en Occidente. La piedad y la teología se refieren cada vez más a menudo a ese término, que ya había entrado a formar parte del patrimonio de fe de la Iglesia”. “En el siglo V Nestorio puso en duda la legitimidad del título "Madre de Dios", “tesis que fue condenada por el concilio de . Éfeso, en el año 431”.

Luego considera dificultades y objeciones y nos explica que “la expresión Theotokos, literalmente significa "la que ha engendrado a Dios”, "Madre del Verbo encarnado, que es Dios".
[…]
“La expresión "Madre de Dios" – reitera el Papa - nos dirige al Verbo de Dios, que en la Encarnación asumió la humildad de la condición humana para elevar al hombre a la filiación divina”.

Y este Santo Padre que ya a los diez años de su pontificado nos regaló la Carta Apostólica Mulieris Digitatem sobre la dignidad y la vocación de la mujer, y en su Carta a las Mujeres en 1955 decía “El punto de partida de este diálogo ideal no es otro que dar gracias, en esta Audiencia General vuelve a rendir homenaje a la mujer, pero no tan solo rendirle homenaje sino que - en poquisimas palabras - nos llama a una profunda reflexión sobre nuestra gran responsabilidad : “ese título (“Madre de Dios”) a la luz de la sublime dignidad concedida a la Virgen de Nazaret, proclama también la nobleza de la mujer y su altísima vocación.”
Santa Maria, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

“Salí tras ti, clamando, y eras ido” San Juan de la Cruz


¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.

"San Juan, en sus escritos, nos da una lección de amor. Juan no espera a Dios, acude a Él humildemente. Le busca constantemente “sin otra luz y guía/sino la que en el corazón ardía” en sus años de sequedad, añora su presencia. Juan nos enseña que esa permanente inquietud que tenemos todos los hombres en el corazón no es más que hambre de Dios. Juan la sació con creces.”

martes, 21 de diciembre de 2010

Navidad 2010 con Juan Pablo II (1) - El origen de la “mística gruta” de Belén

Fotografía del blog Un sacerdote en Tierra Santa que invito visitar


Continuando con las peregrinaciones espirituales que durante el Año Mariano 1987/88 realizaba el Venerable Juan Pablo II, en el Ángelus del 20 de diciembre el Papa visitaba Belén, el santuario de la Natividad, y les contaba a los peregrinos y a quienes le escuchaban como había nacido esa “mística gruta”, en la “tierra donde nació Jesús, Príncipe de la Paz y del Amor”

“Desde que los pastores hicieron la primera visita a María Santísima, al Salvador recién nacido y a San José y "les contaron lo que les habían dicho de aquel niño" (Lc 2, 17), esa "mística gruta", como la llamaban los fieles de las primeras generaciones, fue considerada un santuario, celebrado por cristianos y no cristianos. Aún después que el emperador Adriano, en el año 135, la hizo recubrir con tierra de relleno, ordenando que se plantara allí un bosque en honor de una divinidad pagana, la gruta no quedó en el olvido y siguió visitándose devotamente; de modo que, cuando el emperador Constantino ordenó en el año 325 los trabajos de demolición para la construcción de la basílica, ésta fue hallada casi intacta.
El centro ideal de la maravillosa basílica de la Natividad, la única superviviente de las tres que hizo construir ese emperador, es la cripta, formada por la sagrada gruta, donde la Bienaventurada Virgen "dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre" (Lc 2, 7). Al visitar la basílica, se puede bajar a la gruta y admirar el ábside que recubre como una concha el altar de la Natividad; pero sobre todo, se puede rezar ante la lápida de mármol que hay debajo, donde está incrustada una estrella, alrededor de la cual se lee una inscripción en latín: "Hic de Vergine Maria Iesus Christus natus est".
2. Este santuario está vinculado de modo especial a la Bienaventurada Virgen María. Allí, no sólo el pueblo cristiano sino también personalidades ilustres de otras religiones han expresado su respeto y devoción por la Madre de Jesús, quien precisamente en este bendito lugar, que San Jerónimo llama "augustissimum orbis locum" (Epist. 58) dio a luz al Salvador del mundo.
3. ¡Sí! El santuario de Belén nos recuerda a la Theotokos; nos hace venerar a la alma Redemptoris Mater, que en este Año Mariano brilla ante nuestros ojos con luz más espléndida. La contemplamos absorta ante su Hijo, el Niño divino, que tomó carne de su seno purísimo. Pero la contemplamos también solícita para con todos nosotros, hermanos adoptivos de su Primogénito. La maternidad de María nos hace descubrir el sentido y el valor de ser sus hijos espirituales. Pero el serlo nos compromete a parecernos a Ella, a cambiar la forma de pensar y de amar; y a ver en los hombres a sus hijos y a nuestros hermanos, y a acoger en nuestro corazón al Verbo Encarnado.”

De regreso

Queridísimos amigos. Estoy de regreso finalmente después de haberme mudado con todas las peripecias que una mudanza implica. El inconveniente más increíblemente difícil de salvar fue la instalación de Internet. Un trámite que debería haber sido automático en la era de la tecnología. Pero no fue así. Fue un batallar con la burocracia. No obstante aquí estoy mas que dispuesta a continuar mi querido blog (mis blogs J. Me he perdido muchas cosas durante estas últimas semanas, (había dejado una semana programada convencida que la espera no llegaría a mas) Ansiaba estar de vuelta. Mis disculpas a todos quienes esperaban encontrar aquí palabras de Juan Pablo II en este tiempo litúrgico tan importante, tan enraizado en nuestra historia y nuestras vidas, un Nacimiento que nos recuerda nuestro propio nacimiento, nuestro propio despertar a la vida, a una vida cristiana, a una vida enraizada en Jesús que ha nacido para que nosotros tengamos vida eterna, para nuestro nacer y renacer todas las veces que sea necesario porque el siempre está y estará esperándonos.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Benedicto XVI Homenaje a la Inmaculada Concepcion – Maria en el corazón de la ciudad


En la Solemnidad de la Inmaculada Concepción el Martes 8 de diciembre de 2009 el Santo Padre Benedicto XVI en el tradicional homenaje que se le rinde a la Inmaculada en la Plaza España en el corazón de Roma, invitaba a los romanos a reflexionar sobre la presencia de Maria en la ciudad, la necesidad que tenemos que ella vele por nosotros, por las personas “visibles” y las “invisibles”, la importancia de cada una de ellas sin distinción y nuestra responsabilidad ante todo y ante todos, en pensamientos que son aplicables a los habitantes de todas las ciudades, aunque sus palabras estuviesen dirigidas a los romanos. Palabras del santo Padre para reflexionar y aplicar a lo largo y ancho del planeta.

“En el corazón de las ciudades cristianas María constituye una presencia dulce y tranquilizadora. Con su estilo discreto da paz y esperanza a todos en los momentos alegres y tristes de la existencia. En las iglesias, en las capillas, en las paredes de los edificios: un cuadro, un mosaico, una estatua recuerda la presencia de la Madre que vela constantemente por sus hijos. También aquí, en la plaza de España, María está en lo alto, como velando por Roma.
¿Qué dice María a la ciudad? ¿Qué recuerda a todos con su presencia? Recuerda que "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5, 20), como escribe el apóstol san Pablo. Ella es la Madre Inmaculada que repite también a los hombres de nuestro tiempo: no tengáis miedo, Jesús ha vencido el mal; lo ha vencido de raíz, librándonos de su dominio.
¡Cuánto necesitamos esta hermosa noticia! Cada día los periódicos, la televisión y la radio nos cuentan el mal, lo repiten, lo amplifican, acostumbrándonos a las cosas más horribles, haciéndonos insensibles y, de alguna manera, intoxicándonos, porque lo negativo no se elimina del todo y se acumula día a día. El corazón se endurece y los pensamientos se hacen sombríos. Por esto la ciudad necesita a María, que con su presencia nos habla de Dios, nos recuerda la victoria de la gracia sobre el pecado, y nos lleva a esperar incluso en las situaciones humanamente más difíciles.
En la ciudad viven —o sobreviven— personas invisibles, que de vez en cuando saltan a la primera página de los periódicos o a la televisión, y se las explota hasta el extremo, mientras la noticia y la imagen atraen la atención. Se trata de un mecanismo perverso, al que lamentablemente cuesta resistir. La ciudad primero esconde y luego expone al público. Sin piedad, o con una falsa piedad. En cambio, todo hombre alberga el deseo de ser acogido como persona y considerado una realidad sagrada, porque toda historia humana es una historia sagrada, y requiere el máximo respeto.
La ciudad, queridos hermanos y hermanas, somos todos nosotros. Cada uno contribuye a su vida y a su clima moral, para el bien o para el mal. Por el corazón de cada uno de nosotros pasa la frontera entre el bien y el mal, y nadie debe sentirse con derecho de juzgar a los demás; más bien, cada uno debe sentir el deber de mejorarse a sí mismo. Los medios de comunicación tienden a hacernos sentir siempre "espectadores", como si el mal concerniera solamente a los demás, y ciertas cosas nunca pudieran sucedernos a nosotros. En cambio, somos todos "actores" y, tanto en el mal como en el bien, nuestro comportamiento influye en los demás.
Con frecuencia nos quejamos de la contaminación del aire, que en algunos lugares de la ciudad es irrespirable. Es verdad: se requiere el compromiso de todos para hacer que la ciudad esté más limpia. Sin embargo, hay otra contaminación, menos fácil de percibir con los sentidos, pero igualmente peligrosa. Es la contaminación del espíritu; es la que hace nuestros rostros menos sonrientes, más sombríos, la que nos lleva a no saludarnos unos a otros, a no mirarnos a la cara... La ciudad está hecha de rostros, pero lamentablemente las dinámicas colectivas pueden hacernos perder la percepción de su profundidad. Vemos sólo la superficie de todo. Las personas se convierten en cuerpos, y estos cuerpos pierden su alma, se convierten en cosas, en objetos sin rostro, intercambiables y consumibles.
María Inmaculada nos ayuda a redescubrir y defender la profundidad de las personas, porque en ella la transparencia del alma en el cuerpo es perfecta. Es la pureza en persona, en el sentido de que en ella espíritu, alma y cuerpo son plenamente coherentes entre sí y con la voluntad de Dios. La Virgen nos enseña a abrirnos a la acción de Dios, para mirar a los demás como él los mira: partiendo del corazón. A mirarlos con misericordia, con amor, con ternura infinita, especialmente a los más solos, despreciados y explotados. "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia".
(Nota: la negrita es mia)

martes, 7 de diciembre de 2010

La Virginidad de María, Madre de Dios (6)


Preparándonos para la solemnidad de la Inmaculada Concepción
La virginidad de María, verdad de fe
Juan Pablo II - Catequesis del 10 de julio 1996

(Lectura:
capítulo 1 del evangelio de san Mateo,
versículos 20-23)
“1. La Iglesia ha considerado constantemente la virginidad de María una verdad de fe, acogiendo y profundizando el testimonio de los evangelios de san Lucas, san Marcos y, probablemente, también de san Juan.
En el episodio de la Anunciación, el evangelista san Lucas llama a María "virgen", refiriendo tanto su intención de perseverar en la virginidad como el designio divino, que concilia ese propósito con su maternidad prodigiosa. La afirmación de la concepción virginal, debida a la acción del Espíritu Santo, excluye cualquier hipótesis de partogénesis natural y rechaza los intentos de explicar la narración lucana como explicitación de un tema judío o como derivación de una leyenda mitológica pagana.
La estructura del texto lucano (cf. Lc 1, 26-38; 2, 19. 51), no admite ninguna interpretación reductiva. Su coherencia no permite sostener válidamente mutilaciones de los términos o de las expresiones que afirman la concepción virginal por obra del Espíritu Santo.
2. El evangelista san Mateo, narrando el anuncio del ángel a José, afirma, al igual que san Lucas, la concepción por obra "del Espíritu Santo" (Mt 1, 20), excluyendo las relaciones conyugales.
Además, a José se le comunica la generación virginal de Jesús en un segundo momento: no se trata para él de una invitación a dar su consentimiento previo a la concepción del Hijo de María, fruto de la intervención sobrenatural del Espíritu Santo y de la cooperación exclusiva de la madre. Sólo se le invita a aceptar libremente su papel de esposo de la Virgen y su misión paterna con respecto al niño.
San Mateo presenta el origen virginal de Jesús como cumplimiento de la profecía de Isaías: "Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: 'Dios con nosotros' " (Mt 1, 23; cf. Is 7, 14). De ese modo, san Mateo nos lleva a la conclusión de que la concepción virginal fue objeto de reflexión en la primera comunidad cristiana, que comprendió su conformidad con el designio divino de salvación y su nexo con la identidad de Jesús, "Dios con nosotros".
3. A diferencia de san Lucas y san Mateo, el evangelio de san Marcos no habla de la concepción y del nacimiento de Jesús; sin embargo, es digno de notar que san Marcos nunca menciona a José, esposo de María. La gente de Nazaret llama a Jesús "el hijo de María" o, en otro contexto, muchas veces "el Hijo de Dios" (Mc 3, 11; 5, 7; cf. 1, 1. 11; 9, 7; 14, 61-62; 15, 39). Estos datos están en armonía con la fe en el misterio de su generación virginal. Esta verdad, según un reciente redescubrimiento exegético, estaría contenida explícitamente también en el versículo 13 del Prólogo del evangelio de san Juan, que algunas voces antiguas autorizadas (por ejemplo, Ireneo y Tertuliano) no presentan en la forma plural usual, sino en la singular: "Él, que no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios". Esta traducción en singular convertiría el Prólogo del evangelio de san Juan en uno de los mayores testimonios de la generación virginal de Jesús, insertada en el contexto del misterio de la Encarnación.
La afirmación paradójica de Pablo: "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (...), para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Ga 4, 4-5), abre el camino al interrogante sobre la personalidad de ese Hijo y, por tanto, sobre su nacimiento virginal.
Este testimonio uniforme de los evangelios confirma que la fe en la concepción virginal de Jesús estaba enraizada firmemente en diversos ambientes de la Iglesia primitiva. Por eso carecen de todo fundamento algunas interpretaciones recientes, que no consideran la concepción virginal en sentido físico o biológico, sino únicamente simbólico o metafórico: designaría a Jesús como don de Dios a la humanidad. Lo mismo hay que decir de la opinión de otros, según los cuales el relato de la concepción virginal sería, por el contrario, un theologoumenon, es decir, un modo de expresar una doctrina teológica, en este caso la filiación divina de Jesús, o sería su representación mitológica.
Como hemos visto, los evangelios contienen la afirmación explícita de una concepción virginal de orden biológico, por obra del Espíritu Santo, y la Iglesia ha hecho suya esta verdad ya desde las primeras formulaciones de la fe (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 496).
4. La fe expresada en los evangelios es confirmada, sin interrupciones, en la tradición posterior. Las fórmulas de fe de los primeros autores cristianos postulan la afirmación del nacimiento virginal: Arístides, Justino, Ireneo y Tertuliano están de acuerdo con san Ignacio de Antioquía, que proclama a Jesús "nacido verdaderamente de una virgen" (Smirn. 1, 2). Estos autores hablan explícitamente de una generación virginal de Jesús real e histórica, y de ningún modo afirman una virginidad solamente moral o un vago don de gracia, que se manifestó en el nacimiento del niño.
Las definiciones solemnes de fe por parte de los concilios ecuménicos y del Magisterio pontificio, que siguen a las primeras fórmulas breves de fe, están en perfecta sintonía con esta verdad. El concilio de Calcedonia (451), en su profesión de fe, redactada esmeradamente y con contenido definido de modo infalible, afirma que Cristo "en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, (fue) engendrado de María Virgen, Madre de Dios, en cuanto a la humanidad" (DS 301). Del mismo modo, el tercer concilio de Constantinopla (681) proclama que Jesucristo "nació del Espíritu Santo y de María Virgen, que es propiamente y según verdad madre de Dios, según la humanidad" (DS 555). Otros concilios ecuménicos (Constantinopolitano II, Lateranense IV y Lugdunense II) declaran a María "siempre virgen", subrayando su virginidad perpetua (cf. DS 423, 801 y 852). El concilio Vaticano II ha recogido esas afirmaciones, destacando el hecho de que María, "por su fe y su obediencia, engendró en la tierra al Hijo mismo del Padre, ciertamente sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo" (Lumen gentium, 63).
A las definiciones conciliares hay que añadir las del Magisterio pontificio, relativas a la Inmaculada Concepción de la "santísima Virgen María" (DS 2.803) y a la Asunción de la "Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María" (DS 3.903).
5. Aunque las definiciones del Magisterio, con excepción del concilio de Letrán del año 649, convocado por el Papa Martín I, no precisan el sentido del apelativo "virgen", se ve claramente que este término se usa en su sentido habitual: la abstención voluntaria de los actos sexuales y la preservación de la integridad corporal. En todo caso, la integridad física se considera esencial para la verdad de fe de la concepción virginal de Jesús (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 496).
La designación de María como "santa, siempre Virgen e Inmaculada", suscita la atención sobre el vínculo entre santidad y virginidad. María quiso una vida virginal, porque estaba animada por el deseo de entregar todo su corazón a Dios.
La expresión que se usa en la definición de la Asunción, "la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen", sugiere también la conexión entre la virginidad y la maternidad de María: dos prerrogativas unidas milagrosamente en la generación de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre. Así, la virginidad de María está íntimamente vinculada a su maternidad divina y a su santidad perfecta.”

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lunes, 6 de diciembre de 2010

La Virginidad de María, Madre de Dios (5)


Preparándonos para la solemnidad de la Inmaculada Concepción
El propósito de virginidad de Maria
Juan Pablo II - Catequesis del 24 de julio 1996
(Lectura:
capítulo 7 del libro de Isaías,
versículos 13-15)
“1. Al ángel, que le anuncia la concepción y el nacimiento de Jesús, María dirige una pregunta: "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc 1, 34). Esa pregunta resulta, por lo menos, sorprendente si recordamos los relatos bíblicos que refieren el anuncio de un nacimiento extraordinario a una mujer estéril. En esos casos se trata de mujeres casadas, naturalmente estériles, a las que Dios ofrece el don del hijo a través de la vida conyugal normal (cf. 1 S 1, 19-20), como respuesta a oraciones conmovedoras (cf. Gn 15, 2; 30, 22-23; 1 S 1, 10; Lc 1, 13).
Es diversa la situación en que María recibe el anuncio del ángel. No es una mujer casada que tenga problemas de esterilidad; por elección voluntaria quiere permanecer virgen. Por consiguiente, su propósito de virginidad, fruto de amor al Señor, constituye, al parecer, un obstáculo a la maternidad anunciada.
A primera vista, las palabras de María parecen expresar solamente su estado actual de virginidad: María afirmaría que no "conoce" varón, es decir, que es virgen. Sin embargo, el contexto en el que plantea la pregunta "¿cómo será eso?" y la afirmación siguiente "no conozco varón" ponen de relieve tanto la virginidad actual de María como su propósito de permanecer virgen. La expresión que usa, con la forma verbal en presente, deja traslucir la permanencia y la continuidad de su estado.
2. María, al presentar esta dificultad, lejos de oponerse al proyecto divino, manifiesta la intención de aceptarlo totalmente. Por lo demás, la joven de Nazaret vivió siempre en plena sintonía con la voluntad divina y optó por una vida virginal con el deseo de agradar al Señor. En realidad, su propósito de virginidad la disponía a acoger la voluntad divina "con todo su yo, humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con la gracia de Dios que previene y socorre y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo" (Redemptoris Mater, 13).
A algunos, las palabras e intenciones de María les parecen inverosímiles, teniendo presente que en el ambiente judío la virginidad no se consideraba un valor real ni ideal. Los mismos escritos del Antiguo Testamento lo confirman en varios episodios y expresiones conocidos. El libro de los Jueces refiere, por ejemplo, que la hija de Jefté, teniendo que afrontar la muerte siendo aún joven núbil, llora su virginidad, es decir, se lamenta de no haber podido casarse (cf. Jc 11, 38). Además, en virtud del mandato divino "Sed fecundos y multiplicaos" (Gn 1, 28), el matrimonio es considerado la vocación natural de la mujer, que conlleva las alegrías y los sufrimientos propios de la maternidad.
3. Para comprender mejor el contexto en que madura la decisión de María, es preciso tener presente que, en el tiempo que precede inmediatamente el inicio de la era cristiana, en algunos ambientes judíos se comienza a manifestar una orientación positiva hacia la virginidad. Por ejemplo, los esenios, de los que se han encontrado numerosos e importantes testimonios históricos en Qumrán, vivían en el celibato o limitaban el uso del matrimonio, a causa de la vida común y para buscar una mayor intimidad con Dios.
Además, en Egipto existía una comunidad de mujeres, que, siguiendo la espiritualidad esenia, vivían en continencia. Esas mujeres, las Terapeutas, pertenecientes a una secta descrita por Filón de Alejandría (cf. De vita contemplativa, 21-90), se dedicaban a la contemplación y buscaban la sabiduría.
Tal vez María no conoció esos grupos religiosos judíos que seguían el ideal del celibato y de la virginidad. Pero el hecho de que Juan Bautista viviera probablemente una vida de celibato, y que la comunidad de sus discípulos la tuviera en gran estima, podría dar a entender que también el propósito de virginidad de María entraba en ese nuevo contexto cultural y religioso.
4. La extraordinaria historia de la Virgen de Nazaret no debe, sin embargo, hacernos caer en el error de vincular completamente sus disposiciones íntimas a la mentalidad del ambiente, subestimando la unicidad del misterio acontecido en ella. En particular, no debemos olvidar que María había recibido, desde el inicio de su vida, una gracia sorprendente, que el ángel le reconoció en el momento de la Anunciación. María, "llena de gracia" (Lc 1, 28), fue enriquecida con una perfección de santidad que, según la interpretación de la Iglesia, se remonta al primer instante de su existencia: el privilegio único de su Inmaculada Concepción influyó en todo el desarrollo de la vida espiritual de la joven de Nazaret.
Así pues, se debe afirmar que lo que guió a María hacia el ideal de la virginidad fue una inspiración excepcional del mismo Espíritu Santo que, en el decurso de la historia de la Iglesia, impulsaría a tantas mujeres a seguir el camino de la consagración virginal.
La presencia singular de la gracia en la vida de María lleva a la conclusión de que la joven tenía un compromiso de virginidad. Colmada de dones excepcionales del Señor desde el inicio de su existencia, está orientada a una entrega total, en alma y cuerpo, a Dios en el ofrecimiento de su virginidad.
Además, la aspiración a la vida virginal estaba en armonía con aquella "pobreza" ante Dios, a la que el Antiguo Testamento atribuye gran valor. María, al comprometerse plenamente en este camino, renuncia también a la maternidad, riqueza personal de la mujer, tan apreciada en Israel. De ese modo, "ella misma sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y la acogen" (Lumen gentium, 55). Pero, presentándose como pobre ante Dios, y buscando una fecundidad sólo espiritual, fruto del amor divino, en el momento de la Anunciación María descubre que el Señor ha transformado su pobreza en riqueza: será la Madre virgen del Hijo del Altísimo. Más tarde descubrirá también que su maternidad está destinada a extenderse a todos los hombres que el Hijo ha venido a salvar (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 501).”



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domingo, 5 de diciembre de 2010

La Virginidad de María, Madre de Dios (4)


Preparándonos para la solemnidad de la Inmaculada Concepción
La concepción virginal de Jesús
Catequesis de Juan Pablo II 31 de julio 1996
(Lectura:
capítulo 1 del evangelio de san Lucas,
versículos 34-37)

“1. Dios ha querido, en su designio salvífico, que el Hijo unigénito naciera de una Virgen. Esta decisión divina implica una profunda relación entre la virginidad de María y la encarnación del Verbo. "La mirada de la fe, unida al conjunto de la revelación, puede descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se refieren tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la aceptación por María de esta misión para con los hombres" (Catecismo de la Iglesia católica, n. 502).
La concepción virginal, excluyendo una paternidad humana, afirma que el único padre de Jesús es el Padre celestial, y que en la generación temporal del Hijo se refleja la generación eterna: el Padre, que había engendrado al Hijo en la eternidad, lo engendra también en el tiempo como hombre.
2. El relato de la Anunciación pone de relieve el estado de Hijo de Dios, consecuente con la intervención divina en la concepción. "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios" (Lc 1, 35).
Aquel que nace de María ya es, en virtud de la generación eterna, Hijo de Dios; su generación virginal, obrada por la intervención del Altísimo, manifiesta que, también en su humanidad, es el Hijo de Dios.
La revelación de la generación eterna en la generación virginal nos la sugieren también las expresiones contenidas en el Prólogo del evangelio de san Juan, que relacionan la manifestación de Dios invisible, por obra del "Hijo único, que está en el seno del Padre" (Jn 1, 18), con su venida en la carne: "Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad" (Jn 1, 14).
San Lucas y san Mateo, al narrar la generación de Jesús, afirman también el papel del Espíritu Santo. Éste no es el padre del niño: Jesús es hijo únicamente del Padre eterno (cf. Lc 1, 32. 35) que, por medio del Espíritu, actúa en el mundo y engendra al Verbo en la naturaleza humana. En efecto, en la Anunciación el ángel llama al Espíritu "poder del Altísimo" (Lc 1, 35), en sintonía con el Antiguo Testamento, que lo presenta como la energía divina que actúa en la existencia humana, capacitándola para realizar acciones maravillosas. Este poder, que en la vida trinitaria de Dios es Amor, manifestándose en su grado supremo en el misterio de la Encarnación, tiene la tarea de dar el Verbo encarnado a la humanidad.
3. El Espíritu Santo, en particular, es la persona que comunica las riquezas divinas a los hombres y los hace participar en la vida de Dios. Él, que en el misterio trinitario es la unidad del Padre y del Hijo, obrando la generación virginal de Jesús, une la humanidad a Dios.
El misterio de la Encarnación muestra también la incomparable grandeza de la maternidad virginal de María: la concepción de Jesús es fruto de su cooperación generosa en la acción del Espíritu de amor, fuente de toda fecundidad.
En el plan divino de la salvación, la concepción virginal es, por tanto, anuncio de la nueva creación: por obra del Espíritu Santo, en María es engendrado aquel que será el hombre nuevo. Como afirma el Catecismo de la Iglesia católica: "Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, porque él es el nuevo Adán que inaugura la nueva creación" (n. 504).
En el misterio de esta nueva creación resplandece el papel de la maternidad virginal de María. San Ireneo, llamando a Cristo "primogénito de la Virgen" (Adv. Haer. 3, 16, 4), recuerda que, después de Jesús, muchos otros nacen de la Virgen, en el sentido de que reciben la vida nueva de Cristo. "Jesús es el Hijo único de María. Pero la maternidad espiritual de María se extiende a todos los hombres a los cuales él vino a salvar: "Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos" (Rm 8, 29), es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre" (Catecismo de la Iglesia católica, n. 501).
4. La comunicación de la vida nueva es transmisión de la filiación divina. Podemos recordar aquí la perspectiva abierta por san Juan en el Prólogo de su evangelio: aquel a quien Dios engendró, da a los creyentes el poder de hacerse hijos de Dios (cf. Jn 1, 12-13). La generación virginal permite la extensión de la paternidad divina: a los hombres se les hace hijos adoptivos de Dios en aquel que es Hijo de la Virgen y del Padre.
Así pues, la contemplación del misterio de la generación virginal nos permite intuir que Dios ha elegido para su Hijo una Madre virgen, para dar más ampliamente a la humanidad su amor de Padre.”

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sábado, 4 de diciembre de 2010

La Virginidad de María, Madre de Dios (3)



Preparándonos para la solemnidad de la Inmaculada Concepción
María, modelo de virginidad
Juan Pablo II Catequesis del 7 de agosto de 1996
(Lectura:
1ra. carta de san Pablo a los 3 Corintios,
capítulo 7, versículos 32-35)

“1. El propósito de virginidad, que se vislumbra en las palabras de María en el momento de la Anunciación, ha sido considerado tradicionalmente como el comienzo y el acontecimiento inspirador de la virginidad cristiana en la Iglesia.
San Agustín no reconoce en ese propósito el cumplimiento de un precepto divino, sino un voto emitido libremente. De ese modo se ha podido presentar a María como ejemplo a las santas vírgenes en el curso de toda la historia de la Iglesia. María "consagró su virginidad a Dios, cuando aún no sabía lo que debía concebir, para que la imitación de la vida celestial en el cuerpo terrenal y mortal se haga por voto, no por precepto, por elección de amor, no por necesidad de servicio" (De Sancta Virg., IV, 4; PL 40, 398).
El ángel no pide a María que permanezca virgen; es María quien revela libremente su propósito de virginidad. En este compromiso se sitúa su elección de amor, que la lleva a consagrarse totalmente al Señor mediante una vida virginal.
Al subrayar la espontaneidad de la decisión de María, no debemos olvidar que en el origen de cada vocación está la iniciativa de Dios. La doncella de Nazaret, al orientarse hacia la vida virginal, respondía a una vocación interior, es decir, a una inspiración del Espíritu Santo que la iluminaba sobre el significado y el valor de la entrega virginal de sí misma. Nadie puede acoger este don sin sentirse llamado y sin recibir del Espíritu Santo la luz y la fuerza necesarias.
2. Aunque san Agustín utilice la palabra voto para mostrar a quienes llama santas vírgenes el primer modelo de su estado de vida, el Evangelio no testimonia que María haya formulado expresamente un voto, que es la forma de consagración y entrega de la propia vida a Dios, en uso ya desde los primeros siglos de la Iglesia. El Evangelio nos da a entender que María tomó la decisión personal de permanecer virgen, ofreciendo su corazón al Señor. Desea ser su esposa fiel, realizando la vocación de la "hija de Sión". Sin embargo, con su decisión se convierte en el arquetipo de todos los que en la Iglesia han elegido servir al Señor con corazón indiviso en la virginidad.
Ni los evangelios, ni otros escritos del Nuevo Testamento, nos informan acerca del momento en el que María tomó la decisión de permanecer virgen. Con todo, de la pregunta que hace al ángel se deduce con claridad que, en el momento de la Anunciación, dicho propósito era ya muy firme. María no duda en expresar su deseo de conservar la virginidad también en la perspectiva de la maternidad que se le propone, mostrando que había madurado largamente su propósito.
En efecto, María no eligió la virginidad en la perspectiva, imprevisible, de llegar a ser Madre de Dios, sino que maduró su elección en su conciencia antes del momento de la Anunciación. Podemos suponer que esa orientación siempre estuvo presente en su corazón: la gracia que la preparaba para la maternidad virginal influyó ciertamente en todo el desarrollo de su personalidad, mientras que el Espíritu Santo no dejó de inspirarle, ya desde sus primeros años, el deseo de la unión más completa con Dios.
3. Las maravillas que Dios hace, también hoy, en el corazón y en la vida de tantos muchachos y muchachas, las hizo, ante todo, en el alma de María. También en nuestro mundo, aunque esté tan distraído por la fascinación de una cultura a menudo superficial y consumista, muchos adolescentes aceptan la invitación que proviene del ejemplo de María y consagran su juventud al Señor y al servicio de sus hermanos.
Esta decisión, más que renuncia a valores humanos, es elección de valores más grandes. A este respecto, mi venerado predecesor Pablo VI, en la exhortación apostólica Marialis cultus, subrayaba cómo quien mira con espíritu abierto el testimonio del Evangelio "se dará cuenta de que la opción del estado virginal por parte de María (...) no fue un acto de cerrarse a algunos de los valores del estado matrimonial, sino que constituyó una opción valiente, llevada a cabo para consagrarse totalmente al amor de Dios" (n. 37).
En definitiva, la elección del estado virginal está motivada por la plena adhesión a Cristo. Esto es particularmente evidente en María. Aunque antes de la Anunciación no era consciente de ella, el Espíritu Santo le inspira su consagración virginal con vistas a Cristo: permanece virgen para acoger con todo su ser al Mesías Salvador. La virginidad comenzada en María muestra así su propia dimensión cristocéntrica, esencial también para la virginidad vivida en la Iglesia, que halla en la Madre de Cristo su modelo sublime. Aunque su virginidad personal, vinculada a la maternidad divina, es un hecho excepcional, ilumina y da sentido a todo don virginal.
4. ¡Cuántas mujeres jóvenes, en la historia de la Iglesia, contemplando la nobleza y la belleza del corazón virginal de la Madre del Señor, se han sentido alentadas a responder generosamente a la llamada de Dios, abrazando el ideal de la virginidad! "Precisamente esta virginidad ―como he recordado en la encíclica Redemptoris Mater―, siguiendo el ejemplo de la Virgen de Nazaret, es fuente de una especial fecundidad espiritual: es fuente de la maternidad en el Espíritu Santo" (n. 43).
La vida virginal de María suscita en todo el pueblo cristiano la estima por el don de la virginidad y el deseo de que se multiplique en la Iglesia como signo del primado de Dios sobre toda realidad y como anticipación profética de la vida futura. Demos gracias juntos al Señor por quienes aún hoy consagran generosamente su vida mediante la virginidad, al servicio del reino de Dios.
Al mismo tiempo, mientras en diversas zonas de antigua evangelización el hedonismo y el consumismo parecen disuadir a los jóvenes de abrazar la vida consagrada, es preciso pedir incesantemente a Dios, por intercesión de María, un nuevo florecimiento de vocaciones religiosas. Así, el rostro de la Madre de Cristo, reflejado en muchas vírgenes que se esfuerzan por seguir al divino Maestro, seguirá siendo para la humanidad el signo de la misericordia y de la ternura divinas.”


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viernes, 3 de diciembre de 2010

La Virginidad de María, Madre de Dios (2)


Preparándonos para la solemnidad de la Inmaculada Concepción
La unión virginal de María y José

(Lectura: capítulo 1 del evangelio de san Mateo, versículos 18-20)
“1. El evangelio de Lucas, al presentar a María como virgen, añade que estaba "desposada con un hombre llamado José, de la casa de David" (Lc 1, 27). Estas informaciones parecen, a primera vista, contradictorias.
Hay que notar que el término griego utilizado en este pasaje no indica la situación de una mujer que ha contraído el matrimonio y por tanto vive en el estado matrimonial, sino la del noviazgo. Pero, a diferencia de cuanto ocurre en las culturas modernas, en la costumbre judaica antigua la institución del noviazgo preveía un contrato y tenía normalmente valor definitivo: efectivamente, introducía a los novios en el estado matrimonial, si bien el matrimonio se cumplía plenamente cuando el joven conducía a la muchacha a su casa.
En el momento de la Anunciación, María se halla, pues, en la situación de esposa prometida. Nos podemos preguntar por qué había aceptado el noviazgo, desde el momento en que tenía el propósito de permanecer virgen para siempre. Lucas es consciente de esta dificultad, pero se limita a registrar la situación sin aportar explicaciones. El hecho de que el evangelista, aun poniendo de relieve el propósito de virginidad de María, la presente igualmente como esposa de José constituye un signo de que ambas noticias son históricamente dignas de crédito.
2. Se puede suponer que entre José y María, en el momento de comprometerse, existiese un entendimiento sobre el proyecto de vida virginal. Por lo demás, el Espíritu Santo, que había inspirado en María la opción de la virginidad con miras al misterio de la Encarnación y quería que ésta acaeciese en un contexto familiar idóneo para el crecimiento del Niño, pudo muy bien suscitar también en José el ideal de la virginidad.
El ángel del Señor, apareciéndosele en sueños, le dice: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo" (Mt 1, 20). De esta forma recibe la confirmación de estar llamado a vivir de modo totalmente especial el camino del matrimonio. A través de la comunión virginal con la mujer predestinada para dar a luz a Jesús, Dios lo llama a cooperar en la realización de su designio de salvación.
El tipo de matrimonio hacia el que el Espíritu Santo orienta a María y a José es comprensible sólo en el contexto del plan salvífico y en el ámbito de una elevada espiritualidad. La realización concreta del misterio de la Encarnación exigía un nacimiento virginal que pusiese de relieve la filiación divina y, al mismo tiempo, una familia que pudiese asegurar el desarrollo normal de la personalidad del Niño.
José y María, precisamente en vista de su contribución al misterio de la Encarnación del Verbo, recibieron la gracia de vivir juntos el carisma de la virginidad y el don del matrimonio. La comunión de amor virginal de María y José, aun constituyendo un caso especialísimo, vinculado a la realización concreta del misterio de la Encarnación, sin embargo fue un verdadero matrimonio (cf. Exhortación apostólica, Redemptoris custos, 7).
La dificultad de acercarse al misterio sublime de su comunión esponsal ha inducido a algunos, ya desde el siglo II, a atribuir a José una edad avanzada y a considerarlo el custodio de María, más que su esposo. Es el caso de suponer, en cambio, que no fuese entonces un hombre anciano, sino que su perfección interior, fruto de la gracia, lo llevase a vivir con afecto virginal la relación esponsal con María.
3. La cooperación de José en el misterio de la Encarnación comprende también el ejercicio del papel paterno respecto de Jesús. Dicha función le es reconocida por el ángel que, apareciéndosele en sueños, le invita a poner el nombre al Niño: "Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21).
Aun excluyendo la generación física, la paternidad de José fue una paternidad real, no aparente. Distinguiendo entre padre y progenitor, una antigua monografía sobre la virginidad de María -el De Margarita (siglo IV)- afirma que "los compromisos adquiridos por la Virgen y José como esposos hicieron que él pudiese ser llamado con este nombre (de padre); un padre, sin embargo, que no ha engendrado". José, pues, ejerció en relación con Jesús la función de padre, gozando de una autoridad a la que el Redentor libremente se "sometió" (Lc 2, 51), contribuyendo a su educación y transmitiéndole el oficio de carpintero.
Los cristianos han reconocido siempre en José a aquel que vivió una comunión íntima con María y Jesús, deduciendo que también en la muerte gozó de su presencia consoladora y afectuosa. De esta constante tradición cristiana se ha desarrollado en muchos lugares una especial devoción a la santa Familia y en ella a san José, Custodio del Redentor. El Papa León XIII, como es sabido, le encomendó el patrocinio de toda la Iglesia.”


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jueves, 2 de diciembre de 2010

La Virginidad de María, Madre de Dios (1)


Preparándonos para la solemnidad de la Inmaculada Concepción
María siempre virgen

(Lectura: capítulo 2 del evangelio de san Lucas, versículos 4-7)

“1. La Iglesia ha manifestado de modo constante su fe en la virginidad perpetua de María. Los textos más antiguos, cuando se refieren a la concepción de Jesús, llaman a María sencillamente Virgen, pero dando a entender que consideraban esa cualidad como un hecho permanente, referido a toda su vida.
Los cristianos de los primeros siglos expresaron esa convicción de fe mediante el término griego άεί–πάρθενς "siempre virgen", creado para calificar de modo único y eficaz la persona de María, y expresar en una sola palabra la fe de la Iglesia en su virginidad perpetua. Lo encontramos ya en el segundo símbolo de fe de san Epifanio, en el año 374, con relación a la Encarnación: el Hijo de Dios "se encarnó, es decir, fue engendrado de modo perfecto por santa María, la siempre virgen, por obra del Espíritu Santo" (Ancoratus, 119, 5: DS 44).
La expresión siempre virgen fue recogida por el segundo concilio de Constantinopla, que afirmó: el Verbo de Dios "se encarnó de la santa gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen María, y nació de ella" (DS 422). Esta doctrina fue confirmada por otros dos concilios ecuménicos, el cuarto de Letrán, año 1215 (DS 801), y el segundo de Lyon, año 1274 (DS 852), y por el texto de la definición del dogma de la Asunción, año 1950 (DS 3.903), en el que la virginidad perpetua de María es aducida entre los motivos de su elevación en cuerpo y alma a la gloria celeste.
2. Usando una fórmula sintética, la tradición de la Iglesia ha presentado a María como "virgen antes del parto, durante el parto y después del parto", afirmando, mediante la mención de estos tres momentos, que no dejó nunca de ser virgen.
De las tres, la afirmación de la virginidad antes del parto es, sin duda, la más importante, ya que se refiere a la concepción de Jesús y toca directamente el misterio mismo de la Encarnación. Esta verdad ha estado presente desde el principio y de forma constante en la fe de la Iglesia.
La virginidad durante el parto y después del parto, aunque se halla contenida implícitamente en el título de virgen atribuido a María ya en los orígenes de la Iglesia, se convierte en objeto de profundización doctrinal cuando algunos comienzan explícitamente a ponerla en duda. El Papa Hormisdas precisa que "el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre y nació en el tiempo como hombre, abriendo al nacer el seno de su madre (cf. Lc 2, 23) y, por el poder de Dios, sin romper la virginidad de su madre" (DS 368). Esta doctrina fue confirmada por el concilio Vaticano II, en el que se afirma que el Hijo primogénito de María "no menoscabó su integridad virginal, sino que la santificó" (Lumen gentium, 57). Por lo que se refiere a la virginidad después del parto, es preciso destacar ante todo que no hay motivos para pensar que la voluntad de permanecer virgen, manifestada por María en el momento de la Anunciación (cf. Lc 1, 34), haya cambiado posteriormente. Además, el sentido inmediato de las palabras: "Mujer, ahí tienes a tu hijo", "ahí tienes a tu madre" (Jn 19, 26-27), que Jesús dirige desde la cruz a María y al discípulo predilecto, hace suponer una situación que excluye la presencia de otros hijos nacidos de María.
Los que niegan la virginidad después del parto han pensado encontrar un argumento probatorio en el término "primogénito", que el evangelio atribuye a Jesús (cf. Lc 2, 7), como si esa expresión diera a entender que María engendró otros hijos después de Jesús. Pero la palabra "primogénito" significa literalmente "hijo no precedido por otro" y, de por sí, prescinde de la existencia de otros hijos. Además, el evangelista subraya esta característica del Niño, pues con el nacimiento del primogénito estaban vinculadas algunas prescripciones de la ley judaica, independientemente del hecho de que la madre hubiera dado a luz otros hijos. A cada hijo único se aplicaban, por consiguiente, esas prescripciones por ser "el primogénito" (cf. Lc 2, 23).
3. Según algunos, contra la virginidad de María después del parto estarían aquellos textos evangélicos que recuerdan la existencia de cuatro "hermanos de Jesús": Santiago, José, Simón y Judas (cf. Mt 13, 55-56; Mc 6, 3), y de varias hermanas.
Conviene recordar que, tanto en la lengua hebrea como en la aramea, no existe un término particular para expresar la palabra primo y que, por consiguiente, los términos hermano y hermana tenían un significado muy amplio, que abarcaba varios grados de parentesco. En realidad, con el término hermanos de Jesús se indican los hijos de una María discípula de Cristo (cf. Mt 27, 56), que es designada de modo significativo como "la otra María" (Mt 28, 1). Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión frecuente en el Antiguo Testamento (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 500).
Así pues, María santísima es la siempre Virgen. Esta prerrogativa suya es consecuencia de la maternidad divina, que la consagró totalmente a la misión redentora de Cristo.”

las catequesis relacionadas con la virginidad de Maria pueden verse todas juntas en el Directorio Franciscano, donde además en este enlace se ofrece generosa bibliografía (escri
tos, textos, documentos y catequesis) referidos a Maria.
Para quien desee tener acceso rápido y directo a todas las catequesis de la serie 1995/1996 sobre la Santísima Virgen Maria sugiero visitar el sitio de Catholic Net, sino naturalmente en el sitio del Vaticano Catequesis 1995 y Catequesis 1996.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Juan Pablo II catequesis dedicadas a la Santísima Virgen Maria



En la Audiencia General del 6 de septiembre de 1995, el Santo Padre Juan Pablo II daba comienzo a una serie de catequesis que se extendería durante todo un año finalizando en septiembre del año siguiente. En esa primera catequesis, dedicada a la Santísima Virgen María y a su presencia en el origen de la Iglesia, el Papa comenzaba diciendo :


“Después de haberme dedicado en las anteriores catequesis a profundizar la identidad y la misión de la Iglesia, siento ahora la necesidad de dirigir la mirada hacia la santísima Virgen, que vivió perfectamente la santidad y constituye su modelo”.

Y explicaba “ Es lo mismo que hicieron los padres del concilio Vaticano II: después de haber expuesto la doctrina sobre la realidad histórico-salvífica del pueblo de Dios, quisieron completarla con la ilustración del papel de María en la obra de la salvación. En efecto, el capítulo VIII de la constitución conciliar Lumen gentium tiene como finalidad no sólo subrayar el valor eclesiológico de la doctrina mariana, sino también iluminar la contribución que la figura de la santísima Virgen ofrece a la comprensión del misterio de la Iglesia.”


En preparación a la solemnidad de la Inmaculada Concepción que celebramos el próximo 8 de diciembre publicaré los días próximos las catequesis relacionadas con la virginidad de Maria, catequesis que pueden verse todas juntas en el Directorio Franciscano , donde además en este enlace se ofrece generosa bibliografía (escritos, textos, documentos y catequesis) referidos a Maria.

Para quien desee tener acceso rápido y directo a todas las catequesis de la serie 1995/1996 sobre la Santísima Virgen Maria sugiero visitar el sitio de Catholic Net, sino - naturalmente - el sitio de la Santa Sede 1995 y 1996.