Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

viernes, 13 de octubre de 2017

El Rosario una oración orientada hacia la paz



“El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz» (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21).

Es además oración por la paz por la caridad que promueve. Si se recita bien, como verdadera oración meditativa, el Rosario, favoreciendo el encuentro con Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de Cristo en los hermanos, especialmente en los que más sufren. ¿Cómo se podría considerar, en los misterios gozosos, el misterio del Niño nacido en Belén sin sentir el deseo de acoger, defender y promover la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes del mundo? ¿Cómo podrían seguirse los pasos del Cristo revelador, en los misterios de la luz, sin proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la vida de cada día? Y ¿cómo contemplar a Cristo cargado con la cruz y crucificado, sin sentir la necesidad de hacerse sus «cireneos» en cada hermano aquejado por el dolor u oprimido por la desesperación? ¿Cómo se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios?


En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo. Por su carácter de petición insistente y comunitaria, en sintonía con la invitación de Cristo a «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1), nos permite esperar que hoy se pueda vencer también una 'batalla' tan difícil como la de la paz. De este modo, el Rosario, en vez de ser una huida de los problemas del mundo, nos impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la caridad, «que es el vínculo de la perfección» (Col 3, 14).”

martes, 10 de octubre de 2017

La comunión conyugal - una comunión indisoluble



“20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad, sino también por su indisolubilidad: «Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad»[49].

Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho los Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza[50].

Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.

Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un «corazón nuevo»: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la «dureza de corazón»[51], sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el «testigo fiel»[52], es el «sí» de las promesas de Dios[53] y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin[54].
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor: «lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre»[55].

Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo. Por esto, junto con todos los Hermanos en el Episcopado que han tomado parte en el Sínodo de los Obispos, alabo y aliento a las numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera útil y valiente, el cometido a ellas confiado de ser un «signo» en el mundo —un signo pequeño y precioso, a veces expuesto a tentación, pero siempre renovado— de la incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión: también estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad. Por ello deben ser animados y ayudados por los pastores y por los fieles de la Iglesia.”



sábado, 9 de septiembre de 2017

“Cura de almas" en un país herido- Papa Francisco en Colombia



“Al cura se  le dice “cura” por la cura de almas, que es propia del párroco. Y de ahí pasó a todos los sacerdotes, obispos. El Papa es un sacerdote, es obispo y como obispo tiene la plenitud del Sacerdocio de Jesús. Y la imagen de su primer día de trabajo apostólico en Colombia, como misionero y peregrino de esperanza y de paz, me ha llevado a la imagen del cirujano que intentan extirpar un cáncer con una caricia; sí la imagen de un cura que te dice las cosas de frente directo, pero también las cosas buenas que animan  a seguir adelante y a luchar. Y entiendo que la imagen de cura es la que más pega porque Colombia, como otros países del mundo y de Latinoamérica, es un país herido. Herido profunda y largamente por la guerra que maneja a su antojo el dios dinero, dejando atrás solamente destrucción y cadáveres de ancianos, niños y adultos, como una máquina infernal sin afectos.

Pero es ahí donde viene el gesto y la palabra de ternura del Papa Francisco, pero como cura, que manifiesta que no estamos solos, secuestrados por el dios dinero que nos masacra, es un gesto y una palabra que actualizan el Evangelio de Jesús, porque las imágenes confirman esto. La alegría de la gente por la cercanía del Vicario de Cristo, la esperanza de que los acuerdos se consoliden y se alcance la paz, pasan a ser verdaderos “sacramentales” del Pueblo de Dios. Y cuando esto es la oración de la misa todos juntos, se transforma en sacramento. La que cura; la que nos cura, es la Presencia del mismo Jesús, porque la paz es un don de Dios. Pidámosle a Jesús y dejemos que nos cure.”


Huyamos de toda tentación de venganza _ papa Francisco a las autoridades de Colombia


"Es mucho el tiempo pasado en el odio y la venganza... La soledad de estar siempre enfrentados ya se cuenta por décadas y huele a cien años; no queremos que cualquier tipo de violencia restrinja o anule ni una vida más". Con estas palabras el Papa Francisco concluía su discurso en el encuentro que mantuvo con las autoridades, el Cuerpo Diplomático y algunos representantes de la Sociedad Civil de Colombia, que tuvo lugar el jueves 7 de septiembre, en el Palacio presidencial de Bogotá, más conocido como Casa de Nariño. 

Tras ser recibido por el presidente de la nación, Juan Manuel Santos acompañado por la Guardia de Honor y después de rendir los correspondientes homenajes a la bandera del país, dio inicio el evento al que asistieron aproximadamente 750 personas.  
"Este encuentro me ofrece la oportunidad para expresar el aprecio por los esfuerzos que se hacen, a lo largo de las últimas décadas, para poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación", dijo Francisco, señalando que los pasos dados hacen crecer la esperanza, en la convicción de que "la búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos".

"Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses sólo particulares y a corto plazo", pidió el Pontífice añadiendo que cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz y al entendimiento, más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar las heridas y construir puentes, en estrechar lazos y ayudarnos mutuamente.

 "Quise venir hasta aquí para decirles que no están solos, que somos muchos los que queremos acompañarlos en este paso; este viaje quiere ser un aliciente para ustedes, un aporte que en algo allane el camino hacia la reconciliación y la paz", concluyó el Santo Padre.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Gian Franco Svidercoschi: Juan Pablo II el Papa de la Encarnación (2 de 2)

 “Sin embargo, tras el avance de este desierto espiritual, podía advertirse una creciente turbación interior. El hombre contemporáneo empezaba a darse cuenta del vacío de una vida sin raíces, puramente terrena, carente de valores, una vida sin una identidad propia, encerrada en sí misma. Aunque era un malestar aun sin nombre, vago, inexpresivo, no le fue difícil entender que se trataba de una verdadera y propia sed de paternidad. Y precisamente a este hombre en busca de sentido y también en busca de los «otros», sobre todo, a estas nuevas generaciones literalmente carentes de padres fue a qui9enes supo dar respuesta Juan Pablo II. Y no lo  hizo simplemente presentándose como figura paterna, consoladora, protectora, sino, al contrario, proponiendo un punto de referencia común, un unto de trascendencia.
Por eso podría decirse que Karol Wojtyla fue el Papa de la Encarnación. Logro que el hombre volviera a encontrarse con Dios y, así, permitió que este hombre tuviera una experiencia profunda, vital, de Aquel que le dio el don precioso de la libertad. Porque Dios, en su infinito amor, es respetuoso con la libertad del hombre, es más, deja espacio para esta libertad, queriendo que el hombre – con sus tiempos, sus dificultades e incluso sus traiciones – colabore con El en la realización del Gran Proyecto :: completar la obra de la creación.
De este modo Juan Pablo II pudo poner en marcha un proceso de espiritualidad, de nueva espiritualidad, un nuevo modo de vivir hoy como cristianos, de «imbuir» la fe en la sociedad moderna sin que se diluyera por ello su propia identidad. La nueva espiritualidad donde finalmente los que con frecuencia desde tiempos inmemorables parecían ser «polos» opuestos e incluso casi incompatibles – sagrado y profano, trascendencia e inmanencia, cielo y tierra – se revelaran como dimensiones diferentes de una misma realidad: el encuentro entre la acción humana y el actuar divino.
En fin, toda esa gente que llegaba a la plaza de Sn Pedro había vuelto a llamar a Dios por su nombre – aunque algunos solo lo balbucearan o lo hicieran tímidamente -, a considerarlo presente en su propia vida.  Y esto era porque habían vuelto a ver a Dios Padre en el testimonio cristiano de Karol Wojtyla, en sus palabras, en sus gestos. El mensaje evangélico, tal como él lo había vivido y radicalmente practicado – es decir, como mensaje de amor, de misericordia, de paz, de fraternidad, de tolerancia, de compartir – pudiera llegar a todos y  ser comprendido y acogido por todos.
El hecho de haber mostrado el rostro de Dios, reconocido sobre todo en el otro, en el prójimo, el señalar la trascendencia como punto de encuentro para todos los hombres de buena voluntad mas allá, por tanto de lenguas, naciones, razas y cualquier otra diferencia, fue, pues, como abrir de par en par las puertas del cristianismo a toda la familia humana.”



(Gian Franco Svidercoshi: Juan Pablo II el Papa de la Encarnación) de “La búsqueda del Padre” UN PAPA NO MUERE, La herencia de Juan Pablo II, Ediciones San Pablo, 2011 

Gian Franco Svidercoschi: Juan Pablo II el Papa de la Encarnación (1 de 2)

 “El mensaje cristiano está estrechamente ligado a la «visibilidad» de la Encarnación. Respecto a las demás religiones, la Encarnación constituye la impresionante novedad del cristianismo. Dios se hace hombre y, de este modo reconoce a todo ser humano una dignidad y una libertad que nunca nadie le había dado.  Jesús, el Hijo, irrumpe en la historia humana, confirmando asi que todos los hombres son hijos de Dios y, como tales, hermanos entre ellos, constituyendo una única familia.
Sin embargo, con el tiempo esta verdad fundamental poco a poco se fue oscureciendo en las comunidades cristianas, en su experiencia de fe, y, como consecuencia, se iba dilatando cada vez más la «fosa» entre el mundo divino y el mundo humano. Para combatir el protestantismo, en ocasiones la Iglesia católica había acabado por dar más importancia a sus propias instituciones que a la dimensión espiritual. Luego, con el Renacimiento, con la Ilustración, entro en escena el hombre demiurgo, el hombre convencido de que podía convertirse en dueño de su propia vida, y así ulteriormente había aumentado la distancia entre la tierra y el cielo. Posteriormente llegaron los filósofos de la «muerte» de Dios. Llegaron los exterminios del sigloXX, quede por si parecían borrar toda presencia divina. Finalmente llego la secularización, la posmodernidad…
Dios Padre había desaparecido progresivamente de la sociedad, de la vida cotidiana, de la conciencia misma de muchos creyentes, para los que, no pudiendo «ver» a Dios, «oir» su voz, cada vez se hacía más difícil captar las huellas de su presencia en su propia historia o tratar de entender cual era su voluntad en las distintas circunstancias. Entonces acababan recurriendo a un Dios mágico, plegado a su servicio, del tipo New Age, haciéndose ilusiones de que podría satisfacer sus necesidades inmediatas, aquí y ahora, pero que ciertamente no garantizaba la racionalidad de la fe y mucho menos la existencia de un Creador.”

(Gian Franco Svidercoshi: Juan Pablo II el Papa de la Encarnación) de “La búsqueda del Padre” UN PAPA NO MUERE, La herencia de Juan Pablo II, Ediciones San Pablo, 2011 

sábado, 26 de agosto de 2017

La Comunión de los divorciados

Con el título “Se publica en la web  del Vaticano la carta del Papa a favor de la comunión de los divorciados vueltos a casar en ciertos casos” elblog de la Parroquia San Juan Bautista cita la carta del Papa Francisco, ofrece comentarios y también presenta detalles sobre el magisterio de San Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre esta situación tan controvertida, que ya ha dado que hablar y pienso que seguirá siendo tema de debate por un largo tiempo. Personalmente el tema me parece harto interesante y creo que todos deberíamos analizarlo a conciencia, aunque por cierto confunde.  
Invito leer los sensatos comentarios del Padre Ricardo Mazza en su propio blog donde aparece este post y analizar también las noticias relacionadas.
Cito textualmente aquí solamente el texto referido a San Juan Pablo II y a Benedicto XVI (pero invito leer el post de la Parroquia San Juan Bautista completo):

El Magisterio de san Juan Pablo II y Benedicto XVI excluye tal posibilidad. En la exhortación apostólicaFamiliaris Consortio de San Juan Pablo II se lee:

    La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.

    La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos»
    Familiaris Consortio 83

Y Benedicto XVI indica en SacramentumCaritatis:
    El Sínodo de los Obispos ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf. Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la Eucaristía...

    .... se ha de evitar que la preocupación pastoral sea interpretada como una contraposición con el derecho. Más bien se debe partir del presupuesto de que el amor por la verdad es el punto de encuentro fundamental entre el derecho y la pastoral: en efecto, la verdad nunca es abstracta, sino que «se integra en el itinerario humano y cristiano de cada fiel ». Por esto, cuando no se reconoce la nulidad del vínculo matrimonial y se dan las condiciones objetivas que hacen la convivencia irreversible de hecho, la Iglesia anima a estos fieles a esforzarse por vivir su relación según las exigencias de la ley de Dios, como amigos, como hermano y hermana; así podrán acercarse a la mesa eucarística, según las disposiciones previstas por la praxis eclesial.
    Sacramentum Caritatis, 29

Por su parte, el Concilio de Trento condenó la tesis de que haya circunstancias que hagan imposible al hombre cumplir la ley de Dios

    Si alguno dijere que es imposible al hombre aun justificado y constituido en gracia, observar los mandamientos de Dios; sea excomulgado.
    Trento, Canon XVIII sobre la Justicicación

Y la Escritura asegura que Dios ayuda siempre a soportar la tentación:

    No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla.
    1ª Cor 10,13

La imagen de Jasna Gora tesoro preciado de los polacos

Hoy Polonia celebra la fiesta litúrgica de su santa Patron,  la Madre de Dios de Jasna Gora,  y lo hace dentro del año jubilar recordando el 200 aniversario de la Coronación de la imagen, que se celebrara el próximo mes de septiembre. Por tal motivo el gobierno polaco estableció el año 2017 como el Año del aniversario llamando a la imagen de la Madre de Dios “uno de los tesoros nacionales y religiosos mas importantes”. Aunque la imagen fue coronada por el rey Juan II Casimiro en 1652 su coronación canoníca fue realizada por Clemente XI el 8 de septiembre de 1717. Han seguido luego otras coronaciones realizadas por San Pio XI en 1910 y por San Juan Pablo II en el2005.
Aquí, copiado del sitio oficial de Jasna Gora, se puede leer una porción del texto donde se describe la imagen.

“El tesoro más precioso de Jasna Góra es la Pintura Milagrosa de la Madre de Dios. En el siglo XV Jasna Góra se convirtió en uno de los lugares Marianos más grandes a lo largo del país, que en ese período ya tenía varios sitios de peregrinación. Este hecho no puede explicarse tan solo por la influencia de la pareja Real Edviga y Ladisalao Jagiełło. La razón de la singularidad de este sitio debe ser más profunda, sin embargo, cabe señalar que durante toda el existencia del Santuario de Jasna Góra, no se ha informado de ninguna aparición Mariana, cosa frecuente en casi todos los santuarios más grandes mundialmente. El poder y y el misterio de Nuestra Señora de Jasna Góra que atrae cada vez más peregrinos, es Su Milagrosa Imagen. Sin ésta, Jasna Góra sería solamente una colección de edificios, recuerdos y obras de arte, un museo probablemente el más bonito y rico, sin embargo, inanimado.

La descripción más antigua de Nuestra Señora de Jasna Góra viene de la obra Liber Beneficiorum de Jan Długosz: "La pintura de María, la Virgen más Gloriosa y la más Dignificada Señora, Reina del Mundo y Reina de Polonia... hecha con el uso de una técnica extraña y rara... de la expresión facial más bonita que penetra a los espectadores con una piedad especial, como si la estuvieras mirando en vivo".

El icono fue pintado en un tablero de madera 81.5 x 121.7 centímetros. Muestra el rostro de la Virgen María de pie con el Niño Jesús en sus brazos. María mira al creyente, y la cara del Niño está vuelta hacia el peregrino, sin embargo su mirada parece estar en otra parte. Ambas caras contienen la misma expresión pensativa, retratando algún tipo de inexistencia y gravedad. La mejilla derecha de Santa María está marcada por dos cuchilladas paralelas, cortadas por una tercera a la línea de la nariz. Hay seis cuchilladas en el cuello, dos de las cuales se ven más claramente comparado con las otras cuatro. El Niño, vestido en una túnica de color escarlata reposa en el brazo izquierdo de María. En su mano izquierda sostiene un libro, mientras que su mano derecha está levantada en un gesto autoritario de maestro o gobernante, o simplemente en un movimiento de bendición. La mano derecha de Maria reposa en Su pecho, señalando a Jesús, el único Salvador del mundo. El vestido azul zafiro oscuro y el manto de la Virgen están embellecidos con azucenas doradas de Angevin. Arriba de la frente de Santa María se puede apreciar una estrella de seis puntas. La imagen de la Madre de Dios está pintada sobre un fondo azul-verde que pasa a los tonos de azul marino. Los elementos dominantes del icono son los nimbos dorados alrededor de las cabezas de María y Jesús, siendo símbolo y formar una composición, constituyen un detalle importante que contrasta con la tez morena de las de las figuras santas. Es por eso que la Madre de Dios de Jasna Góra es a veces llamada "La Madonna Negra".



martes, 22 de agosto de 2017

Juan Pablo II : El Espíritu Santo en el Nuevo Testamento



“La revelación del Espíritu Santo, como persona distinta del Padre y del Hijo, vislumbrada en el Antiguo Testamento, se hace clara y explícita en el Nuevo….Es verdad que los escritos neotestamentarios no nos brindan una enseñanza sistemática sobre el Espíritu Santo. Sin embargo, recogiendo los numerosos datos presentes en los escritos de san Lucas, san Pablo y san Juan, se puede apreciar la convergencia de estos tres grandes filones de la revelación neotestamentaria sobre el Espíritu Santo.
El evangelista san Lucas, con respecto a los otros dos sinópticos, nos presenta una pneumatología mucho más desarrollada.
En el evangelio quiere mostrar que Jesús es el único que posee en plenitud el Espíritu Santo. Ciertamente, el Espíritu actúa también en Isabel, Zacarías, Juan Bautista y, especialmente, en la Virgen María, pero sólo Jesús, a lo largo de toda su existencia terrena, posee plenamente el Espíritu de Dios. Es concebido por obra del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35). De él dirá el Bautista: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo (...). Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Lc 3, 16).
Jesús mismo, antes de bautizar en Espíritu Santo y fuego, es bautizado en el Jordán, cuando baja «sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma» (Lc 3, 22). San Lucas subraya que Jesús no sólo va al desierto «llevado por el Espíritu», sino que va «lleno de Espíritu Santo» (Lc 4, 1), y allí obtiene la victoria sobre el tentador. Emprende su misión «con la fuerza del Espíritu Santo» (Lc 4, 14). En la sinagoga de Nazaret, cuando comienza oficialmente su misión, Jesús se aplica a sí mismo la profecía del libro de Isaías (cf. Is 61, 1-2): «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la buena nueva...» (Lc 4, 18). Así, toda la actividad evangelizadora de Jesús se realiza bajo la acción del Espíritu.

Este mismo Espíritu sostendrá la misión evangelizadora de la Iglesia, según la promesa del Resucitado a sus discípulos: «Voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto» (Lc 24, 49). Según el libro de los Hechos, la promesa se cumple el día de Pentecostés: «Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Hch 2, 4). Así se realiza la profecía de Joel: «En los últimos días —dice Dios—, derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas» (Hch 2, 17). San Lucas considera a los Apóstoles como representantes del pueblo de Dios de los tiempos finales, y subraya con razón que este Espíritu de profecía se derrama en todo el pueblo de Dios.

Juan Pablo II : Espíritu Santo «Señor y dador de vida» El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento


Con motivo de la preparación para el Jubileo del año 2000 el Papa Juan Pablo II dedico el año 1998 al Espiritu Santo con 23 Audiencias de los días miércoles,  comenzando el  miércoles 13 de mayo, primer audiencia que  comenzaba diciendo: 

En la preparación para el gran jubileo del año 2000, el presente año está particularmente dedicado al Espíritu Santo. Prosiguiendo por el camino iniciado por toda la Iglesia, después de haber concluido la temática cristológica, comenzamos hoy una reflexión sistemática sobre el Espíritu Santo, «Señor y dador de vida». De la tercera persona de la santísima Trinidad he hablado ampliamente en muchas ocasiones. Recuerdo, en particular, la encíclica Dominum et vivificantem y la catequesis sobre el Credo. La perspectiva del jubileo inminente me brinda la ocasión para volver una vez más a la contemplación del Espíritu Santo, a fin de escrutar, con espíritu de adoración, la acción que realiza en el decurso del tiempo y de la historia.”
[…]
Una primera alusión, aunque velada, al Espíritu se encuentra ya en las primeras líneas de la Biblia, en el himno a Dios creador con que comienza el libro del Génesis: «el Espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas» (Gn 1, 2).
[…]
Ya en el Antiguo Testamento aparecen dos rasgos de la misteriosa identidad del Espíritu Santo, que luego fueron ampliamente confirmados por la revelación del Nuevo Testamento.
El primero es la absoluta trascendencia del Espíritu, que por eso se llama «santo» (Is 63, 10. 11; Sal 51, 13). El Espíritu de Dios es «divino» a todos los efectos. No es una realidad que el hombre pueda conquistar con sus fuerzas, sino un don que viene de lo alto: sólo se puede invocar y acoger. El Espíritu, infinitamente diferente con respecto al hombre, es comunicado con total gratuidad a cuantos son llamados a colaborar con él en la historia de la salvación. Y cuando esta energía divina encuentra una acogida humilde y disponible, el hombre es arrancado de su egoísmo y liberado de sus temores, y en el mundo florecen el amor y la verdad, la libertad y la paz.

El segundo rasgo del Espíritu de Dios es la fuerza dinámica que manifiesta en sus intervenciones en la historia. A veces se corre el riesgo de proyectar sobre la imagen bíblica del Espíritu concepciones vinculadas a otras culturas como, por ejemplo, la idea del espíritu como algo etéreo, estático e inerte. Por el contrario, la concepción bíblica del ruah indica una energía sumamente activa, poderosa e irresistible: el Espíritu del Señor —leemos en Isaías— «es como torrente desbordado» (Is 30, 28). Por eso, cuando el Padre interviene con su Espíritu, el caos se transforma en cosmos, en el mundo aparece la vida, y la historia se pone en marcha.”

martes, 15 de agosto de 2017

El privilegio de la Asunción


“San Germán, en un texto lleno de poesía, sostiene que el afecto de Jesús a su Madre exige que María se vuelva a unir con su Hijo divino en el cielo: «Como un niño busca y desea la presencia de su madre, y como una madre quiere vivir en compañía de su hijo, así también era conveniente que tú, de cuyo amor materno a tu Hijo y Dios no cabe duda alguna, volvieras a él. ¿Y no era conveniente que, de cualquier modo, este Dios que sentía por ti un amor verdaderamente filial, te tomara consigo?» (Hom. 1 in DormitionemPG 98, 347). En otro texto, el venerable autor integra el aspecto privado de la relación entre Cristo y María con la dimensión salvífica de la maternidad, sosteniendo que: «Era necesario que la madre de la Vida compartiera la morada de la Vida» (ib.PG 98, 348).

Según algunos Padres de la Iglesia, otro argumento en que se funda el privilegio de la Asunción se deduce de la participación de María en la obra de la redención. San Juan Damasceno subraya la relación entre la participación en la Pasión y el destino glorioso: «Era necesario que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y recibido en pleno corazón la espada del dolor (...) contemplara a ese Hijo suyo sentado a la diestra del Padre» (Hom. 2: PG 96, 741). A la luz del misterio pascual, de modo particularmente claro se ve la oportunidad de que, junto con el Hijo, también la Madre fuera glorificada después de la muerte.

El concilio Vaticano II, recordando en la constitución dogmática sobre la Iglesia el misterio de la Asunción, atrae la atención hacia el privilegio de la Inmaculada Concepción: precisamente porque fue «preservada libre de toda mancha de pecado original» (Lumen gentium, 59), María no podía permanecer como los demás hombres en el estado de muerte hasta el fin del mundo. La ausencia del pecado original y la santidad, perfecta ya desde el primer instante de su existencia, exigían para la Madre de Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo.”

viernes, 4 de agosto de 2017

San Juan Maria Vianney - Oracion del Papa Benedicto XVI por los sacerdotes


(Oracion compuesta por el Papa Benedicto XVI con ocasión del 150 aniversario de la muerte de San Juan Maria Vianney, el Cura de Ars

"Señor Jesús

En San Juan María Vianney Tú has querido dar a la Iglesia la imagen viviente y una personificación de tu caridad pastoral.

Ayúdanos a bien vivir en su compañía, ayudados por su ejemplo en este Año Sacerdotal.

Haz que podamos aprender del Santo Cura de Ars delante de tu Eucaristía; aprender cómo es simple y diaria tu Palabra que nos instruye, cómo es tierno el amor con el cual acoges a los pecadores arrepentidos, cómo es consolador abandonarse confidencialmente a tu Madre Inmaculada, cómo es necesario luchar con fuerza contra el Maligno.

Haz, Señor Jesús, que, del ejemplo del Santo Cura de Ars, nuestros jóvenes sepan cuánto es necesario, humilde y generoso el ministerio sacerdotal, que quieres entregar a aquellos que escuchan tu llamada.

Haz también que en nuestras comunidades –como en aquel entonces la de Ars– sucedan aquellas maravillas de gracia, que tu haces que sobrevengan cuanto un sacerdote sabe ´poner amor en su parroquia´.

Haz que nuestras familias cristianas sepan descubrir en la Iglesia su casa –donde puedan encontrar siempre a tus ministros– y sepan convertir su casa así de bonita como una iglesia.

Haz que la caridad de nuestros Pastores anime y encienda la caridad de todos los fieles, en tal manera que todas las vocaciones y todos los carismas, infundidos por el Espíritu Santo, puedan ser acogidos y valorizados.

Pero sobre todo, Señor Jesús, concédenos el ardor y la verdad del corazón a fin de que podamos dirigirnos a tu Padre celestial, haciendo nuestras las mismas palabras, que usaba San Juan María Vianney:

Te amo, mi Dios, y mi solo deseo
es amarte hasta el último respiro de mi vida.
Te amo, oh Dios infinitamente amable,
y prefiero morir amándote
antes que vivir un solo instante si amarte.
Te amo, Señor, y la única gracia que te pido
es aquella de amarte eternamente.
Dios mío, si mi lengua
no pudiera decir que te amo en cada instante,
quiero que mi corazón te lo repita
tantas veces cuantas respiro.
Ti amo, oh mi Dios Salvador,
porque has sido crucificado por mí,
y me tienes acá crucificado por Ti.
Dios mío, dame la gracia de morir amándote
y sabiendo que te amo. Amén.


(Invito leer el texto de la Audiencia General del Papa Benedicto del 5 de agosto de 2009 sobre San Juan Maria Vianney)
  
(Todos los Mensajes del Papa Benedicto para el Año Sacerdotal en este sitio)



sábado, 29 de julio de 2017

Velad, vigilad y orad


Velar, vigilar, orar…. palabras sencillas pero tan llenas de vida que Juan Pablo II solía reiterar a menudo en su propia patria,  basándose en la frase evangélica (Mc 14, 38) y en las de Jesús mismo,  porque sabía de la imperante necesidad de estar siempre atentos, de velar y vigilar y no perderse momento para orar
Pero que significa velar?  y para que orar se preguntaba Juan Pablo II ante los jóvenes presentes en la Basilica de San Pedro el 14 de marzo de 1979.
  
«¿Qué quiere decir “velo”?» Quiere decir: me esfuerzo para ser un hombre de conciencia. No apago esta conciencia y no la deformo; llamo por su nombre al bien y al mal, no los confundo; hago crecer en mí el bien y trato de corregirme del mal, superándolo en mí mismo. Éste es el problema fundamental, que nunca se podrá disminuir, ni trasladar a un plano secundario. ¡No!, siempre y en todo lugar, se trata de un problema de primer plano. Tanto más importante, cuanto más numerosas son las circunstancias que parecen favorecer nuestra tolerancia del mal, y el hecho de que fácilmente nos absolvemos de él, particularmente si así hacen los demás... «Velo» quiere decir, además, veo a los otros… Velo quiere decir: amor al prójimo; quiere decir: fundamental solidaridad «interhumana».

Debemos orar, lo primero de todo, porque somos creyentes…. debemos orar como cristianos….debemos orar porque somos frágiles y culpables. — La oración da fuerza para los grandes ideales, para mantener la fe, la caridad, la pureza, la generosidad; — La oración da ánimo para salir de la indiferencia y de la culpa, si por desgracia se ha cedido a la tentación y a la debilidad..” 

A pocos meses después,  durante aquel emocionante y delicado primer viaje (1979) a su patria Polonia,  ante la querida Madre y Patrona de los polacos de Jasna Gora en Czestochowa lo recordaba 

“Vigilar significa custodiar un gran bien. hay que vigilar y cuidar con gran celo todo bien del hombre, porque ésa es la gran tarea que nos corresponde a cada uno de nosotros. No puede permitirse que se pierda nada de lo que es humano, polaco, cristiano sobre esta tierra….. "¡Sed sobrios y vigilad!"…. ¡No sucumbáis en la debilidad! “


Y “Estad atentos a no permitir que se debilite en vosotros el sentido de Dios. Mirad al Señor con ojos atentos y descubriréis en El el rostro mismo de Dios.” Les decía a los jóvenes durante su visita a Chile en 1987.  

domingo, 16 de julio de 2017

Breve historia de Karol Wojtyla/Juan Pablo II y la orden carmelitana


Con ocasión de la canonización de Juan Pablo II en el 2014, el carmelita Emanuele Boaga describe brevemente la relación de Karol Wojtyla/Juan Pablo II con el Carmelo desde su natal Wadowice: (para leer la descripción completa invito visitar la pagina oficial de la Orden delos Carmelitas: Cito aquí solo una parte del escrito.

 "Otro factor más profundo e íntimo alimentó los lazos de Wojtyla con el Carmelo desde que era niño: la tierna devoción a María, Madre y Decoro del Carmelo, cuya protección y beneficios recibidos ha subrayado sobre todo a lo largo de su pontificado. El veía la expresión de esta protección en el escapulario, que había recibido siendo niño en el convento de los carmelitas descalzos de Wadowice.  Muchas veces se ha referido a esto, y también han sido frecuentes sus referencias a una intensa piedad mariana, reflejada -desde que ascendió al solio pontificio el 16 de octubre de 1978- en cada encuentro con los Carmelitas de ambas ramas de la Orden. Puede decirse que en su largo pontificado no ha desaprovechado ninguna ocasión, sobre todo en la fiesta anual de la Virgen del Carmen, para dirigir a la familia carmelitana y a todos los devotos del Carmen un pensamiento recordando la protección y los beneficios inherentes al oficio de la Virgen Madre dentro del misterio de Cristo y de la Iglesia, estimulando así una actitud de agradecimiento filial como expresión de familiaridad hacia ella y de conformidad con la voluntad divina. En unas setenta veces, con ocasión del rezo dominical del Ángelus, de encuentros con diversos grupos durante sus viajes apostólicos y en las audiencias de los miércoles, quiso el Papa subrayar uno u otro aspecto de la devoción carmelitana a la Virgen y conducir a sus queridos hijos hacia la oración suplicante y  hacia la imitación de sus virtudes.


   Pero la enseñanza más profunda que Juan Pablo II ha ofrecido a todos los Carmelitas se encuentra sobre todo en la carta apostólica ElAcontecimiento Providencialenviada el 25 de marzo de 2001 con ocasión del Año Mariano Carmelitano. De hecho, su contenido va más allá de la circunstancia que la motivó, pasando a ser una reflexión sobre las grandes líneas de la espiritualidad mariana que el Carmelo vive y ha de cultivar.
   El Papa Juan Pablo II también ha beatificado y canonizado a  numerosas figuras de Carmelitas eminentes por su santidad.... 
   Más amplio resulta el número de beatificaciones y canonizaciones de Carmelitas descalzos.... .
   En este contexto se sitúan algunas cartas apostólicas escritas por el papa Juan Pablo II con motivo de aniversarios y de celebraciones específicas. Otras referencias a estas figuras eminentes del Carmelo las hizo Juan Pablo II durante audiencias y encuentros.
   Debemos recordar aún, como llamada a vivir los ideales y la vida del Carmelo, las palabras dirigidas por Juan Pablo II a los capítulos generales de las dos ramas de la Orden. Los Carmelitas han celebrado bajo su pontificado cuatro capítulos generales (1983, 1989, 1995, 2001). En los tres primeros se obtuvo el don de una audiencia especial; al último envió el Papa una carta. También los Carmelitas descalzos celebraron cuatro capítulos generales en el pontificado de Juan Pablo II (1985, 1991, 1997, 2003). A cada uno de ellos dirigió puntualmente su palabra paterna y su bendición. Tuvo igualmente palabras de estímulo paterno para las religiosas participantes en los capítulos generales de las diversas congregaciones carmelitanas, recibiéndolas en audiencia especial.
   Además de las celebraciones de los capítulos generales, que marcan el desarrollo de la vida, Juan Pablo II también se hizo presente con motivo de otras fiestas de la familia carmelitana. El 7 de octubre de 2002 dirigía una carta a los superiores generales de las dos ramas de la Orden con motivo del 550 aniversario de la bula Cum nulla, en la que resalta los abundantes frutos proporcionados al Carmelo y a la Iglesia por las monjas carmelitas con su “testimonio luminoso de mujeres ejemplares”, invitando también a los laicos de la familia del Carmelo a seguir el camino de la santidad a ejemplo de Elías y de María.
   En su acción pastoral en la diócesis de Roma es conocida la solicitud del Papa por las parroquias y las comunidades religiosas. Las visitas realizadas a las de los carmelitas se caracterizaban por un clima de gran simplicidad y familiaridad, abandonando muchas veces los discursos oficiales, y dando muestras de interés y de sincero afecto.
   Juan Pablo II nombró nueve obispos entre los Carmelitas de la Antigua Observancia mientras dos obispos carmelitas creados por Pablo VI pasaron a otras sedes. Sin embargo, los Carmelitas descalzos nombrados obispos por Juan Pablo II fueron catorce, mientras cinco creados por Pablo VI pasaron a otras sedes. El 22 de mayo de 1991 Juan Pablo II elevó a la dignidad cardenalicia a un Carmelita descalzo, Mons. Anastasio Ballestrero, arzobispo de Bari y luego de Torino.
   Entre las gracias y concesiones a fin de propagar la devoción a la Madre y Decoro del Carmelo se ha de recordar la elevación al rango de basílica menor de algunos santuarios e iglesias en las que la Virgen del Carmen es la titular, así como la coronación de algunas imágenes muy veneradas. Recordemos de manera particular la audiencia del 12 de septiembre de 2001 en la plaza de San Pedro, que se desarrolló sin las habituales muestras festivas al estar marcada por el dolor y el estupor de la catástrofe del día anterior en Nueva York con el atentado terrorista de las “torres gemelas”. En aquella ocasión el pontífice puso una nueva corona sobre la cabeza de la imagen de la Virgen del Carmen, llevada a tal propósito desde la iglesia vecina de Santa María in Traspontina como peregrinación que concluía el Año Mariano Carmelitano del 750 aniversario del escapulario.
   Estos gestos del crecimiento de la devoción mariana evocan una vez más el lazo profundo y tierno que unió el corazón de Juan Pablo II a la Madre de Dios y de los hombres, y -como si fuera su herencia- son una especie de invitación continua, como él repetía frecuentemente, “a dirigirle una humilde oración para que ella, con su intercesión, alcance para cada uno poder seguir seguro por el camino de la vida y llegar felizmente a la santa montaña, Jesucristo, nuestro Señor” (Ángelus, 21 de julio de 1988).


viernes, 14 de julio de 2017

Juan Pablo II sobre la indisolubilidad de la comunión conyugal


Unidad indivisible de la comunión conyugal

19. La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer «no son ya dos, sino una sola carne»[46] y están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total.
Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por esto tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia humana, la confirma, la purifica y la eleva conduciéndola a perfección con el sacramento del matrimonio: el Espíritu Santo infundido en la celebración sacramental ofrece a los esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo místico del Señor Jesús.
El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los esposos cristianos y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia una unión cada vez más rica entre ellos, a todos los niveles —del cuerpo, del carácter, del corazón, de la inteligencia y voluntad, del alma[47]—, revelando así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada por la gracia de Cristo.
Semejante comunión queda radicalmente contradicha por la poligamia; ésta, en efecto, niega directamente el designio de Dios tal como es revelado desde los orígenes, porque es contraria a la igual dignidad personal del hombre y de la mujer, que en el matrimonio se dan con un amor total y por lo mismo único y exclusivo. Así lo dice el Concilio Vaticano II: «La unidad matrimonial confirmada por el Señor aparece de modo claro incluso por la igual dignidad personal del hombre y de la mujer, que debe ser reconocida en el mutuo y pleno amor»[48].

Una comunión indisoluble
20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad, sino también por su indisolubilidad: «Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad»[49].
Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho los Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza[50].
Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.
Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un «corazón nuevo»: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la «dureza de corazón»[51], sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el «testigo fiel»[52], es el «sí» de las promesas de Dios[53] y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin[54].
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor: «lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre»[55].
Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo. Por esto, junto con todos los Hermanos en el Episcopado que han tomado parte en el Sínodo de los Obispos, alabo y aliento a las numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera útil y valiente, el cometido a ellas confiado de ser un «signo» en el mundo —un signo pequeño y precioso, a veces expuesto a tentación, pero siempre renovado— de la incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión: también estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad. Por ello deben ser animados y ayudados por los pastores y por los fieles de la Iglesia.”


viernes, 7 de julio de 2017

Juan Pablo II y los laicos


El obispo – y aun antes ya como novel sacerdote – Karol Wojtyla supo valorar la colaboración de los laicos; la descubrió, la valoró, y agradeció ese “don de los laicos”.  Fueron quizás aquellas primeras experiencias con los jóvenes que tan bien describe  Stanislaw Grygiel, discípulo y amigo de Karol Wojtyla,   aquellas vivencias tan particulares con los grupos de jóvenes y ese encuentro tan providencial con el obispo Jan Pietraszko, que dejaron marcados indeleblemente los dos años de sus vivencias en la querida parroquia de San Florián, su punta de lanza para valorar a pleno ese  don singular de los laicos.

Lo ratificaba en Don y Misterio  “porque cada uno de ellos ha ofrecido su propia aportación a la realización de mi sacerdocio. En cierto modo me han indicado el camino, ayudándome a comprender mejor mi ministerio y a vivirlo en plenitud….Entre ellos había simples obreros, hombres dedicados a la cultura y al arte, grandes científicos. En verdad, me ha acompañado siempre la profunda conciencia de la necesidad urgente del apostolado de los laicos en la Iglesia. Cuando el Concilio Vaticano II habló de la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, pude experimentar una gran alegría: lo que el Concilio enseñaba respondía a las convicciones que habían guiado mi acción desde los primeros años de mi ministerio sacerdotal.”

Con fecha 30 de diciembre de 1988 se dio a conocer su Exhortación apostólica post-sinodal  (Sinodo de Obispos 1987 – Roma 10 al 30 de octubre de 1987) Christifideles Laici  sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo en cuya introducción se lee:
“Los fieles laicos (Christifideles laici), cuya «vocación y misión en la Iglesia y en el mundo a los veinte años del Concilio Vaticano II» ha sido el tema del Sínodo de los Obispos de 1987, pertenecen a aquel Pueblo de Dios representado en los obreros de la viña, de los que habla el Evangelio de Mateo: «El Reino de los Cielos es semejante a un propietario, que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña» (Mt 20, 1-2). La parábola evangélica despliega ante nuestra mirada la inmensidad de la viña del Señor y la multitud de personas, hombres y mujeres, que son llamadas por Él y enviadas para que tengan trabajo en ella. La viña es el mundo entero (cf. Mt 13, 38), que debe ser transformado según el designio divino en vista de la venida definitiva del Reino de Dios.”

Juan Pablo II mantuvo una serie de audiencias dedicadas a los laicos, comenzando con la Audiencia General del 27 de octubre de 1993  La identidad eclesial de los laicos donde en la introducción explicaba la naturalidad de ocuparse del papel de los laicos :  “A lo largo de las catequesis eclesiológicas después de haber reflexionado sobre la Iglesia como pueblo de Dios, como comunidad sacerdotal y sacramental, nos hemos detenido en varios oficios y ministerios. Así, hemos pasado de los Apóstoles, elegidos y mandados por Cristo, a los obispos, sus sucesores, a los presbíteros, colaboradores de los obispos, y a los diáconos. Es lógico que nos ocupemos ahora de la condición y del papel de los laicos, que constituyen la gran mayoría del populus Dei. Trataremos este tema siguiendo la línea del concilio Vaticano II, pero también recogiendo las directrices y las orientaciones de la exhortación apostólica Christifideles laici, publicada el 30 de diciembre de 1988, como fruto del Sínodo de los obispos de 1987.”

A aquella primera Audiencia General introductoria sobre  los laicos, le siguieron cinco más:





l
En su homilía del26 de noviembre de 2000 con ocasión del Jubileo del apostolado de los laicos afirmaba:    “En la maduración de esta conciencia, el concilio ecuménico Vaticano II marcó una etapa decisiva. Con el Concilio, en la Iglesia llegó verdaderamente la hora del laicado, y numerosos fieles laicos, hombres y mujeres, han comprendido con mayor claridad su vocación cristiana, que, por su misma naturaleza, es vocación al apostolado (cf. Apostolicam actuositatem)

“Pero ¿qué implica esta misión? - Preguntaba allí mismo -   ¿Qué significa ser cristianos hoy, aquí y ahora?
Ser cristianos jamás ha sido fácil, y tampoco lo es hoy. Seguir a Cristo exige valentía para hacer opciones radicales, a menudo yendo contra corriente. "¡Nosotros somos Cristo!", exclamaba san Agustín. Los mártires y los testigos de la fe de ayer y de hoy, entre los cuales se cuentan numerosos fieles laicos, demuestran que, si es necesario, ni siquiera hay que dudar en dar la vida por Jesucristo y a modo de ejemplo citaba palabras del Papa Pablo VI en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi:  "El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros (...), o si escucha a los maestros es porque son testigos"